—Déjele V., señor de Mendoza —dijo la hidalga viuda.— El niño está cansado del camino y no quiere bailar.
—Ha de bailar ahora.
—Déjele V.; otra vez le veremos, —dijo la que tocaba la guitarra.
—Ha de bailar ahora —repitió D. Diego.— Baila, Fadrique.
—Yo no bailo con casaca, —respondió éste al cabo.
Aquí fué Troya. D. Diego prescindió de las señoras y de todo.
—¡Rebelde! ¡mal hijo! —gritó:— te enviaré á los Toribios: baila ó te desuello; y empezó á latigazos con D. Fadrique.
La señorita de la guitarra paró un instante la música; pero D. Diego la miró de modo tan terrible, que ella tuvo miedo de que la hiciese tocar como quería hacer bailar á su hijo, y siguió tocando el bolero.
Don Fadrique, después de recibir ocho ó diez latigazos, bailó lo mejor que supo.
Al pronto se le saltaron las lágrimas; pero después, considerando que había sido su padre quien le había pegado, y ofreciéndose á su fantasía de un modo cómico toda la escena, y viéndose él mismo bailar á latigazos y con casaca, se rió, á pesar del dolor físico, y bailó con inspiración y entusiasmo.