Las señoras aplaudieron á rabiar.

—Bien, bien —dijo D. Diego.— ¡Por vida del diablo! ¿Te he hecho mal, hijo mío?

—No, padre —dijo D. Fadrique.— Está visto: yo necesitaba hoy de doble acompañamiento para bailar.

—Hombre, disimula. ¿Por qué eres tonto? ¿Qué repugnancia podías tener, si la casaca te va que ni pintada, y el bolero clásico y de buena escuela es un baile muy señor? Estas damas me perdonarán. ¿No es verdad? Yo soy algo vivo de genio.

Así terminó el lance del bolero.

Aquel día bailó otras cuatro veces D. Fadrique en otras tantas visitas, á la más leve insinuación de su padre.

Decía el cura Fernández, que conoció y trató á D. Fadrique, y de quien sabía muchas de estas cosas mi amigo D. Juan Fresco, que D. Fadrique refería con amor la anécdota del bolero, y que lloraba de ternura filial y reía al mismo tiempo, diciendo mi padre era un vándalo, cuando se acordaba de él, dándole de latigazos, y retraía á su memoria á las damas aterradas, sin dejar una de ellas de tocar la guitarra, y á él mismo bailando el bolero mejor que nunca.

Parece que había en todo esto algo de orgullo de familia. El mi padre
era un vándalo
de D. Fadrique casi sonaba en sus labios como alabanza.
D. Fadrique, educado en el lugar y del mismo modo que su padre, D.
Fadrique cerril, hubiera sido más vándalo aún.

La fama de sus travesuras de niño duró en el lugar muchos años después de haberse él partido á servir al Rey.

Huérfano de madre á los tres años de edad, había sido criado y mimado por una tía solterona, que vivía en la casa, y á quien llamaban la chacha Victoria.