—Sin duda que provendrá; pero esa misma propensión, siendo espontánea y cándida, prueba la bondad de alma de quien la tiene.
—¿V. no sabe, padre, que eso se califica con un vocablo novísimo en castellano, y que suena mal y como censura?
—¿Qué vocablo es ese?
—Coquetería.
—Pues bien; si la coquetería es sin malicia, si el afán de agradar y el esfuerzo hecho para conseguirlo no traspasan ciertos límites, y si el fin que se propone una mujer agradando no va más allá del puro deleite de infundir cordial afecto y gratitud, digo que apruebo la coquetería.
Doña Blanca y el P. Jacinto se tenían mutuamente miedo. Ella temía la desvergüenza del fraile, y el fraile el genio violentísimo de ella. De este miedo mutuo nacía el que se tratasen por lo común con extremada finura y con el comedimiento más exquisito y circunspecto, á fin de no terminar cualquier coloquio en pelea ó disputa.
Llevada de esta consideración, Doña Blanca no impugnó la defensa de la coquetería; dió por satisfecha su modestia de madre, y acabó por aceptar como justos y merecidos los encomios de su hija Clara.
Luego añadió:
—En suma, mi hija es un prodigio. En las alabanzas de V. no toma parte sino la justicia. Me alegro. ¿Qué mayor contento para una madre? Imagino, con todo, que tan lisongero panegírico bien se podía haber pronunciado en presencia de testigos. Lo que sigilosamente tenía V. que decirme no ha salido aún de sus labios.
El P. Jacinto se paró á reflexionar entonces, al verse tan directamente interrogado, y casi se arrepintió de haber venido á tratar del asunto de la boda de Clarita, dejándose llevar de un celo impaciente, sin ponerse antes de acuerdo con el Comendador, según habían concertado; pero el padre Jacinto no era hombre que cejaba una vez dado el primer paso, y después de un instante de vacilación, que no dejó percibir á ojos tan linces como los de su interlocutora, dijo de esta manera: