—Allá voy, hija; ten calma que todo se andará. Mi encomio de Clarita estaba muy en su lugar, porque de Clarita voy á hablarte. Me consta, como su director espiritual que soy, que te obedecerá en todo; pero dime, ¿no consideras tú que para algunas cosas, de la mayor importancia, convendría consultar su voluntad?
—¿Y quién ha informado á V. de que yo no la consulto cuando conviene?
—¿Has preguntado, pues, á Clara si quiere casarse tan niña?
—Sí, padre, y ha dicho que sí.
—¿Le has preguntado si aceptará por marido á D. Casimiro?
—Sí, padre, y también ha dicho que sí.
—¿Y no serán parte el temor y el respeto que inspiras á tu hija en esas respuestas?
—Creo que no merezco sólo inspirar á mi hija respeto y temor, sino también cariño y confianza. Prevaliéndose, pues, mi hija del cariño y de la confianza que debo inspirarle, hubiera podido contestar que no quería casarse con D. Casimiro. Nadie la ha violentado para que diga que quiere. Querrá cuando lo dice.
—Es cierto; querrá, cuando lo dice. No obstante, para que una decisión de la voluntad sea válida, importa que la voluntad esté previamente ilustrada por el entendimiento acerca de aquello sobre lo cual decide. ¿Crees tú que Clarita sabe lo que quiere y por qué lo quiere?
—Acaba V. de hacer el encomio más extremado de mi hija, y ahora me induce á pensar que la tiene por tonta, por incapaz de sacramento. ¿Cómo quiere V. que una mujer de diez y seis años ignore los deberes que el santo matrimonio trae consigo?