—No los ignora… pero no me vengas con sofismas… una niña de diez y seis años no sabe toda la transcendencia del sí que va á dar en los altares.
—Por eso tiene á su madre, para iluminarla, aconsejarla y dirigirla.
—¿Y tú la has iluminado, aconsejado y dirigido según tu conciencia?
—La menor duda sobre eso, la mera pregunta que me hace V. es una ofensa terrible y gratuita. ¿Cómo presumir, sospechar, ni por un instante, que había yo de aconsejar á mi hija en contra de lo que mi conciencia me dictase? Tan mala me cree V.?
—Perdona; me expliqué con torpeza. Yo no creo, ni puedo creer que hayas aconsejado á tu hija contra tu conciencia; pero sí puedo creer que en tu entendimiento cabe error, y que, llevada tú de algún error, induces á tu hija á dar un paso deplorable.
—Extraño muchísimo los razonamientos de usted en el día de hoy. ¡Qué diferentes de lo que eran antes! ¿Qué cambio ha habido en V.? Seré yo víctima de un error, y en virtud de ese error daré malos consejos y tomaré funestas resoluciones; pero usted lo sabía tiempo há, y nada había dicho en contra cuando no había aún compromiso alguno contraído. ¿Cómo ha venido de pronto á hacerse patente á los ojos de V. ese error, que antes no percibía? ¿Qué luz del cielo le ha ilustrado á V. el alma? ¿Qué santo ó qué ángel bendito ha bajado á la tierra á descubrir á V. lo bueno y á distinguirlo de lo malo?
Doña Blanca, según se ve, iba ya perdiendo su aplomo y su dificultosa dulzura. El P. Jacinto empezaba también á amostazarse; pero hizo un esfuerzo heroico, y en vez de seguir adelante y de excitar la tempestad, procuró calmarla por cuantos medios se le ocurrieron.
—Tienes razón que te sobra —contestó con mucha humildad.— Yo debí disuadirte á tiempo de que concertaras esa boda. Del error que noto en tí, confieso que he participado. Por lo menos, ha sido en mí un descuido atroz, una ligereza imperdonable, el no hablarte antes como te estoy hablando hoy. Pero si yo erré, con reconocerlo ya y con apartarme del error, te induzco á que me imites, aunque te dé armas en contra mía. Lo que afirmas, probará mi inconsecuencia, mas no prueba nada contra mi consejo.
—¿Cómo que no prueba nada? Quita á su consejo de V. toda la autoridad que de otra suerte hubiera tenido. Consejo dado tan de repente… hasta pudiera sospecharse… que no se funda en pensamiento propio del consejero.
Doña Blanca, al pronunciar esta última frase, lanzó al padre una penetrante y escrutadora mirada. El padre, que no era tímido, se cortó un poco y bajó los ojos. Serenándose al instante, repuso: