—No se trata aquí de más autoridad que de la autoridad de la razón. Para darte el consejo, válganme la amistad y el cariño que tengo á tu persona y á los de tu familia: para que le aceptes ó le deseches, no pretendo que valga sino el ingenio, que pido á Dios me conceda, para llevar el convencimiento á tu alma.
—Está bien. ¿Quiere V. decirme qué razones hay para que Clara no se case con D. Casimiro? V. es el confesor de Clara. ¿Ama Clara á otro hombre?
—Por lo mismo que soy su confesor, si Clara amase á otro hombre y ella me lo hubiera confiado, no te lo diría sin que ella me diese su venia, que yo sabría pedir y exigir en caso necesario. Por dicha, para nada tiene que entrar aquí la cuestión de si Clara ama ó no á otro hombre.
—No me venga V. con rodeos y sutilezas. Yo he educado á mi hija con tal rigidez y con tal recogimiento, que no tengo la menor duda de que no ha tenido amoríos. Clara no ha mirado jamás con malicia á hombre alguno.
—Así será. Pero ¿no podrá mirarle el día de mañana? ¿No podrá amar, si no ama aún?
—Amará á su marido. ¿Por qué no ha de amarle?
—Vamos, señora —dijo el P. Jacinto ya con la paciencia perdida:— no amará á su marido, porque su marido es feo, viejo, enfermizo y fastidioso.
—Quiero suponer —contestó Doña Blanca con el reposado entono que tomaba cuando más tremenda se ponía,— quiero suponer que las caritativas calificaciones de V. cuadran perfectamente al sujeto, á la persona de mi familia, á quien V. honra con ellas. Su exquisito gusto de V. en las artes del dibujo halla feo á D. Casimiro; sus conocimientos de V. en la medicina le han hecho comprender que está el pobre mal de salud, y la amenidad y discreción que en V. campean, es natural que le induzcan á fastidiarse de todo ser humano que no sea tan ameno y tan ingenioso como V., cosa, por desgracia, rarísima; pero V. no me negará que mi hija, menos instruida en las proporciones y bellezas de la figura del hombre, puede no hallar feo á D. Casimiro, como no le halla; menos docta en ciencias médicas, puede creerle más sano, y menos chistosa que V., puede muy bien hallar en D. Casimiro algún chiste y no aburrirse de su conversación. Y por otra parte, aunque mi hija viese en D. Casimiro los defectos que V. señala, ¿por qué no había de amarle? Pues qué, ¿una mujer de honor, una buena cristiana, ha de amar sólo la hermosura física y el desenfado en el hablar? ¿Será menester buscarle para marido, no á un caballero de su clase, honrado, temeroso de Dios, virtuoso lleno de atenciones y buenos deseos de hacerla dichosa, sino á algún saltimbanquis robusto, á algún truhán divertido, que provoque en ella con sus chocarrerías una risa indecorosa y un regocijo poco honesto?
—Mira, Doña Blanca —dijo el fraile, que jamás abandonaba el tuteo, aunque se incomodara,— no creas que se necesite ser un Apeles ó un Fidias para conocer que es feo D. Casimiro. Su fealdad es tan patente y somera, que no hay que ahondar mucho para descubrirla. Y en cuanto á su ruin salud y escasa amenidad, te aseguro lo mismo. Sin haber cursado medicina, sin ser un Hipócrates, ve cualquiera que D. Casimiro está por demás estropeado. Y sin haber estudiado el Examen de ingenios, de Huarte, se descubre en seguida que el de don Casimiro es romo y huero. Yo no pretendo que busques para Clarita á Pitágoras y á Milón de Crotona en una pieza; pero ¿qué diablura te lleva á darle por marido á Tersites?
El P. Jacinto se abstenía de echar latines cuando hablaba á las mujeres; pero no podía menos de citar en romance, siempre que se dirigía á damas de distinción, hechos, personajes y sentencias de la antigüedad clásica y de las Sagradas Escrituras. Por lo demás, era tan claro el sentido de lo que decía, que Doña Blanca, aunque no hubiera sabido más ó menos confusamente la condición de los personajes citados, no hubiera tenido la menor duda sobre lo que el fraile quería significar. Así es que le respondió: