—Te repito que no disparates —volvió á decir el Comendador poniéndose muy serio.— Confieso que es difícil de explicar el extraordinario cariño que Clarita me infunde. Aseguro, no obstante, por mi honor, que nada tiene de lo que tú imaginas. Si me quieres tú un poco, y si me respetas, te suplico, y si crees que puedo mandarte, te mando que apartes de tí ese pensamiento. Yo quiero á Clarita, aunque entre ella y yo no median los vínculos de la sangre, del mismo modo que te quiero á tí, que eres mi sobrina: con amor casi paternal, con el amor que es propio de los viejos.

—¡Pero si V. no es viejo, tío!

—Pues aunque no lo sea. No amo á Clarita de otro modo. Y si esto sigue pareciéndote raro, no caviles ni busques más hipótesis para explicártelo satisfactoriamente.

—Está bien, tío. Suspenderé mis tareas de forjar hipótesis.

—Eso es lo más prudente.

—Ya que no valen las hipótesis, ¿vale hacer preguntas?

—Hazlas.

—¿Persiste V. en favorecer los amores de Mirtilo?

—Persisto y persistiré mientras Clara crea yo que le ama.

—¿Espera V. triunfar de la tenacidad de Doña Blanca é impedir la boda con D. Casimiro?