—¿Querías que dejase pasar tan buena proporción de ser señora principal y millonada? ¿Tan mal me quieres, egoísta?

—No porque te quiero mal, sino porque te quiero á manta, lo siento y lo lloro.

Y Tomasuelo lloraba en efecto.

—Anda, no llores, majadero. ¡Si vieses qué feo te pones! ¿Quién ha visto llorar á un hombrón como un castillo?

—Pero ¡si no puedo remediarlo!

—Sí puedes; haz un esfuerzo, ten valor y sosiégate. Ten en cuenta que, de aquí adelante, no sólo hallarás en mí á una hermana, sino á una madrina y á una protectora muy pudiente.

—¿Y á mí qué se me da todo eso? Nada. Lo que yo codiciaba era tu cariño.

—Y no lo tienes como antes, ingrato? Pues qué, ¿los buenos hermanitos dejan de amarse aunque se case uno de ellos?

—No seas tramayona, no me aturrulles. Ya sabes tú que la ley que yo te tengo no puede sufrir…

—Vamos, vamos; déjate de niñerías. ¿Quién crees tú que ocupa y llena el lugar más bonito, principal y escondido de mi corazón? Tú. Mi alma es tuya. Te la dí toda con el amor que en ella se cría; con afecto de hermana. ¿Qué sombra puede hacerte que sea yo la mujer legítima de D. Casimiro? ¿Por eso hemos de dejar de querernos como hasta aquí, más que hasta aquí? Nos querremos cuanto tú quieras y cuanto sea posible quererse, sin ofender á Dios. ¿Supongo que tú no querrás ofender á Dios? Contesta.