—No, mujer; ¿cómo he de querer yo ofender á Dios? Pues qué, ¿no soy buen cristiano?

—Lo eres. Es una de las partes que más aprecio en tí. Por eso confío en que pienses que voy á ser esposa de otro y no desees nada. Sólo el deseo es ya pecado. Acuérdate de los mandamientos.

—Oye, ¿y está en mi poder no desear?

—Sí. Cállate; no digas nada á nadie, ni á tí mismo, cuando desees, y el silencio matará el deseo.

—Me matará á mí antes.

Tomasuelo lloró más fuerte que nunca. Las lágrimas caían á modo de lluvia, acompañadas por tempestad de sollozos.

—¡Por vida de los hombres endebles! —exclamó Nicolasa.— ¿Qué locura es ésta? Cálmate, por Dios y ten pecho ancho.

Nicolasa, con suma blandura, enjugó las lágrimas del mozo con el propio pañuelo de ella; luego le dió tres ó cuatro palmaditas en el grueso y robusto cogote; luego le hizo unas cuantas muecas como remedando la desconsolada cara que ponía, y, por último, le pegó un afectuoso y archi-familiar tirón de las narices.

Tomasuelo no supo resistir á tanto favor y regalo. Como rayos de sol entre nubes, la alegría y la satisfacción aparecieron en sus ojos á través de las lágrimas. La boca de Tomasuelo se abrió, enseñando la blanca, completa y sana dentadura. No pudo sonreír, porque se quedó boquiabierto y como traspuesto.

Nicolasa entonces repitió los cogotazos; añadió al tirón de las narices unos cuantos tirones de las orejas, y Tomasuelo pensó que se le llevaban al paraíso y que era el más feliz de los mortales.