Este no tardó mucho en venir.
Era muy de mañana cuando trajo un criado desde Villabermeja una carta para D. Fadrique. Don Fadrique la leyó rápidamente, estando en la cama aún. Se levantó á escape, se vistió y se fué al convento de Santo Domingo en busca de su maestro.
El padre acababa de levantarse y recibió á Don Fadrique en su celda. Sentados ambos, como en la otra celda de Villabermeja, hablaron de este modo.
XXIII
—Padre Jacinto —dijo el Comendador con aire de jubiloso triunfo—, Clara es libre ya. No es menester que se case con D. Casimiro ni que sea monja.
—¿Cómo es eso, hijo mío?
—He dado por ella una suma igual á todo el caudal de D. Valentín.
—¿Á quién?
—Á D. Casimiro.
—¿Y con qué razón? ¿Con qué pretexto ha podido aceptarla?