¿Será la poesía, me pregunto yo, algo por el estilo: creación hermosa, verdadera y exacta en el mundo ideal en que ha sido creada, aunque en la realidad sea falso todo porque lo fue el supuesto o porque el supuesto fue por lo menos incompleto?

A mi ver, entendiendo así la poesía, tienen explicación y disculpa no pocas cosas de las que se dicen en verso, las cuales, si en prosa se dijeran, parecerían absurdas o abominables y podrían llevar a su autor en una sociedad algo severa a la prisión o al manicomio.

La culpa de todo ello estriba, a lo que a mí se me alcanza, en que la poesía, cuyo objeto es la manifestación de la belleza en una forma sensible, sólo puede darse imitando lo real o lo que nosotros imaginamos real, elemento en que cabe error o mentira. De aquí la ventaja que la música, arte primogenia, lleva a la poesía, arte secundaria. La música, en la perfección de su pureza, crea lo bello, sin necesidad de imitar nada. Lo crea en el tiempo, por medio del sonido, sin enseñar ni amonestar, pero sin inducirnos en error, ni equivocarse tampoco.

Toda la antedicha meditación, expuesta a escape para, no pecar de prolijo, ha valido para aquietar mi espíritu, después de leer las Odas de D. Eduardo Marquina, y para afirmar, sin escrúpulo de conciencia, que me parecen bien y que son obra de verdadero poeta. Para conceder, no obstante, a tal poeta la irresponsabilidad de que habla Heine, es menester no tomar por lo serio, en la realidad práctica, la virtud docente de su poesía. Los que tomaron por lo serio a Esquilo, en su Prometeo encadenado, supusieron que Júpiter se vengó de sus blasfemias ordenando a su águila que desde lo sumo del aire dejase caer una enorme tortuga que llevaba entre las garras, sobre la venerable calva del glorioso dramaturgo, y le saltase los sesos. Tomemos, pues, menos por lo serio las Odas de D. Eduardo Marquina para dejarle en paz con los poderes celestiales y prevenir cualquier milagro que le perjudique.

Con tal limitación bien puede afirmarse que las Odas tienen algo a modo del Prometeo encadenado, de Esquilo, y algo también, sin que las aceptemos como profecías, de las visiones de Ezequiel y del Apocalipsis del Aguila de Patmos.

Aunque todos convenimos en que el estado de la sociedad y del mundo deja mucho que desear, y que el mal físico y el mal moral no escasean sobre la tierra, yo tengo por seguro que las cosas están en nuestra edad menos mal que en las anteriores edades. Yo no dudo del progreso. Lo que sucede es que el adelanto moral ha sido grande en las relaciones de unos individuos con otros, mientras que apenas ha habido adelanto en la vida colectiva, poco en el organismo social, ninguno en las relaciones de unos pueblos con otros pueblos. En esto último ni asomo se ve de generosidad ni de justicia. La fuerza prevalece sobre el derecho, los poderosos humillan y tiranizan a los débiles y los grandes saquean, asesinan y devoran a los pequeños. De tamaña discordancia, de tal desequilibrio entre la moralidad social o colectiva y la que preside a las relaciones individuales, nacen, sin duda, la vehemencia con que la iniquidad se siente y se anatematiza y el anhelo fogoso de remediarlo todo, no con lentitud y con calma, sino con rápidos y violentos trastornos.

Ignoro, y no pretendo investigar aquí, de qué doctrinas filosóficas, religiosas o irreligiosas, sociales y políticas, expuestas en prosa por pensadores extranjeros, o de qué exaltadas composiciones poéticas, venidas de otros países, proceden el sentir y el pensar de don Eduardo Marquina. Claro está que no tiene principio en él el impulso que le mueve. Claro está que hay una corriente de pensamiento en la que él se ha lanzado y que le arrebata. Pero esto no le quita cierta originalidad ni desvanece su carácter propio. Vate apocalíptico amenaza con destrucción y muerte, ruina e incendio, las instituciones, los altares y los tronos y cuanto hoy descuella sobre la faz del mundo y mantiene el orden, más o menos digno de censura o más o menos capaz de lenta modificación y de enmienda, dentro del cual vivimos todos. Lo que vendrá después de la pronosticada revolución radical se columbra confusamente o más bien se desentraña o se descubre a través de los símbolos y de las imágenes colosales, y en las figuras alegóricas que va creando y mostrándonos el poeta.

A lo que parece, no han de quedar ni Papa, ni rey, ni obispos, ni jueces, ni sacerdotes. Cada uno de nosotros será Papa, rey, juez, obispo y sacerdote de sí mismo. No sé de fijo si las grandes ciudades con sus palacios, monumentos y fortificaciones, deberán ser arrasadas, según el programa; pero en lo que no cabe la menor duda es en que serán arrasados los templos. Yo deploro que San Pedro en Roma y las catedrales de Burgos, de Toledo y de Sevilla en España, tengan que convertirse en ruinas para que no se rece en latín, que ya casi nadie entiende, y para que en aquellos antiguos y obscuros santuarios penetre de lleno la luz y venga a animarlos la vida. Los chivos, según afirma el poeta, brincarán sobre los derribados pilares y sobre las estatuas yacentes de los fundadores egregios; las cabras se encaramarán sobre los altares y en los camarines y hornacinas, y las vacas mugirán y se tenderán a la larga en el coro y en otros lugares más venerandos. El nuevo templo estará en la cumbre de los montes; los pinos serán sus columnas y su cúpula el cielo.

A la nueva faz que tomarán todas las cosas ha de preceder cierta universal conflagración de amor, tan vagamente descrita, que no acierto yo a interpretar lo pronosticado por el poeta, y si la conflagración será en efecto amorosa y suave al destruir lo antiguo, o si lo destruirá con materiales incendios, estragos y muertes. Como quiera que ello sea, sobrevendrá después de la destrucción algo por el estilo de lo que los milenarios fantaseaban. La humanidad será feliz y vivirá en deliciosa anarquía y en perpetua huelga. No habrá nueva Jauja ni nueva Jerusalén que baje del cielo, porque don Eduardo Marquina gusta más de lo rústico que de lo urbano, y las fiestas y regocijos que pronostica y apercibe para nuestro regenerado linaje serán campestres: una candorosa bacanal, un idilio enorme.

A pesar del tema constante que presta unidad a las Odas, no puede negarse que el poeta acierta a evitar la monotonía y que hay bastante variedad en sus cuadros. La hermosura y la fertilidad de los campos están bien sentidas y a menudo dichosamente expresadas. Viva y honda es casi siempre la percepción que el poeta tiene de lo grande y de lo hermoso de la naturaleza, y no pocas veces sabe comunicarnos el propio sentimiento suyo con maestría y sobriedad vigorosa.