Aprobemos, pues, las Odas de D. Eduardo Marquina. El poeta es irresponsable, porque sus teorías se realizan, no en el mundo real, sino en los espacios imaginarios y en un tiempo fantástico también. Mis escrúpulos de conciencia renacen a pesar de todo. ¿No podrá ocurrir que el poeta haga daño sin querer, que sea contagioso su delirio y que la gente adopte su programa como realizable en la práctica? Las Odas en este caso serían espantosamente revolucionarias, subversivas de todo el orden social vigente en el día.

Yo no quiero comprometerme dando a semejantes cosas una aprobación que nadie me ha pedido. Suspendo, por consiguiente, el dar mi aprobación hasta que demuestre en otro artículo que no hay el menor peligro en aprobar las Odas, porque la virtud purificante de la poesía convierte el rejalgar en triaca.


LA PURIFICACIÓN DE LA POESÍA


SOBRE LAS «ODAS» DE D. EDUARDO MARQUINA

En la poesía hay sin duda pasmosa virtud purificante. No quiero yo entenderla con todo, como he oído decir que la entendía Gœthe. Tal modo de entenderla es sobrado egoísta. El poeta, por ejemplo, siente ganas de suicidarse, y en vez de hacerlo y a fin de desechar tan perniciosas ganas escribe el Werther. De esta manera, no sólo consigue sanar de la manía del suicidio, sino también que le aplaudan y se admiren de su talento. Lo malo es que el libro con que el poeta ha sanado y donde ha vertido el veneno que le atosigaba puede emponzoñar a los que sin precaución le tomen y lean y producir una abominable epidemia de suicidios. No estriba o no quiero yo que estribe en esto la virtud purificante de la poesía. Su legítima y santa virtud purificante lo mismo ha de valer y vale para el poeta que para sus lectores.

En la epopeya y en el drama se concibe esto con toda claridad. Tiranos, refinados traidores, monstruos de iniquidad podrán aparecer en el drama o en el poema épico, pero en el pecado llevarán la penitencia, y la reprobación universal será su castigo. Ha de entenderse además que los crímenes y los horrores representados en una obra poética no deben tomar la apariencia o semejanza completa de los sucesos reales, como pretende hoy lo que llaman naturalismo. El deleite estético no se daría entonces. Al contrario, tendríamos un grave disgusto. ¿Quién puede deleitarse al ver en realidad al alguien que se arroja por un balcón desde un quinto piso y se hace una tortilla, o a gentes que se dan de puñaladas, que toman veneno o que se mueren de hambre, de miseria, de tisis o de otras enfermedades contagiosas y feas? Representado todo esto muy a lo vivo y sin la idealidad conveniente, es lo contrario del arte: no purifica la compasión y el terror, como quería Aristóteles. Será cuadro más vivido, como se dice en el día, pero de arte perverso y vicioso. El Laoconte ceñido y oprimido por las serpientes está mil veces más lejos de lo real que la figura de cera representando a Catón con las sangrientas manos metidas en el desgarrado vientre y arrancándose las entrañas. Tal modo de conmover con la imitación exacta y brutal de las cosas reales dista mucho de ser el arte verdadero. Sólo los menos que medianos artistas deben apelar a tal recurso. El refrán lo dice: a mal Cristo, mucha sangre.

En la poesía lírica, si bien se considera, acontece lo mismo que en la epopeya y el drama. Es cierto que todos los desatinos que el poeta dice o hace, que su irreligión, su inmoralidad, sus blasfemias y sus teorías antisociales, aparecen por cuenta propia, sin que haya tirano, traidor o demagogo que las haga o que las diga; pero pronto se advierte, si se ahonda un poquito, que el poeta rara vez deja de duplicarse antes de romper los diques y soltar el torrente de su inspiración apasionada; y digo que se duplica, porque al mismo tiempo que conserva el juicio y la serenidad del ánimo para describirnos la pasión propia y los propios extravíos, se pone él como modelo en quien los tales extravíos y la tal pasión ejercen su deletéreo influjo, y acaso producen mil y mil desventuras. Entendidos de este modo, los más audaces raptos líricos son ejemplares y moralizadores: pueden servir y sirven de escarmiento.

Carlos Baudelaire es, sin duda, uno de los más endiablados poetas que en estos últimos tiempos ha nacido de madre. En cuerpo y alma, y sin la menor reserva, se entrega al demonio. Le reza muy devotas letanías y le pide favor y auxilio. Si el demonio se condujera generosa y decentemente haciendo dichoso a Baudelaire, Las flores del mal, que así se titula el tomo de sus versos, serían muy peligrosas, pues no habría de faltar quien quisiese entregarse también al demonio dándole culto para conseguir las mismas o mayores ventajas. Afortunadamente ocurre todo lo contrario. Baudelaire es el autontimoroúmenos por excelencia, el rigor de las desdichas, el que se castiga y atormenta a sí propio como el más cruel de los fakires de la India. No bastándole ser él su verdugo, acude al demonio y se vale de él para inspirador y colaborador de los refinados y espeluznantes suplicios a que se condena y somete. ¿Quién, por lo tanto, ha de querer endiablarse como Baudelaire para ser tan horriblemente desgraciado? Las flores del mal son, pues, muy moralizadoras: son un veneno, pero saludable veneno tomado como revulsivo. En menor escala son revulsivos también los versos quejumbrosos de multitud de poetas contemporáneos que nos pintan el horror de las dudas con que batallan y tratan de persuadirnos de que, a causa de estas dudas, son sus almas un infierno. Lo natural es que el tal infierno nos asuste y que para no tenerle nosotros procuremos creer cuanto hay que creer, sin meternos en averiguaciones ni en honduras. Espronceda, en una de sus más populares composiciones, se nos presenta en una orgía bebiendo vino, acariciando a cierta dama a quien dirige más insultos que piropos, y mostrándose desesperado, negándolo todo, sin creer y sin esperar nada sino la paz de los sepulcros; pero el poeta nos indica en seguida la causa de tanto mal y nos deja turulatos. Supone que tanto mal es castigo de Dios porque el alma ha intentado adquirir el conocimiento de las cosas divinas: verdad velada, arcano insondable en el que es insania el mero propósito de investigar y de descubrir algo. El remedio, en esta ocasión, casi nos parece peor que la enfermedad. ¿Por qué ha de castigar Dios a quien anhele conocerle? ¿Por qué ha de coincidir el poeta con quien inventó en prosa esta célebre frase: la funesta manía de pensar? ¿Por qué, desde el empleo de nuestras más nobles facultades en el estudio de la metafísica en general, y singularmente de la teodicea, hemos de descender, con inevitable descenso, a la borrachera y a los amores libidinosos, y todo ello sin regocijo, sino con furia, rechinar de dientes y maldiciones como de precito?