Abentofail hubo de ser, sin duda, un escritor muy fecundo: lo que llamamos ahora un polígrafo. Escribió de astronomía, de medicina y de varios otros asuntos; pero todo o casi todo se perdió, y sólo poseemos las aventuras de Hay Benyocdan o sea El filósofo autodidacto, aceptando el título que se ha dado a la novela al traducirla en latín de la lengua arábiga. Traducida fue primero en hebreo y sabiamente comentada por Moisés de Narbona. En latín la tradujo Eduardo Pococke, y la publicó en Oxford en 1671. Después se han hecho varias versiones y ediciones de ella en las lenguas vivas de ahora, especialmente en alemán y en inglés.
En Inglaterra hubo de tener muy buen éxito nuestra novela, ya que de ella se hicieron en poco tiempo tres traducciones y ediciones diferentes en lengua vulgar. Vivía entonces el famoso Daniel de Foe, y es probable o casi seguro que leyó la historia de Hay Benyocdan, gustó de ella y se propuso imitarla. Las aventuras de Robinsón Crussoe que tanto nos han embelesado a todos cuando niños, y cuya lectura nos deleita aún, bien podemos jactarnos de que hasta cierto punto han sido inspiradas por la obra del antiguo novelista de Guadix. Hay Benyocdan, lo mismo que Robinsón, se encuentra en una isla desierta, y por la virtud de su ingenio, por la energía de su espíritu y por la robustez y brío de su cuerpo, lucha con la naturaleza y la doma: cubre su desnudez con productos vegetales y con pieles; remedia su debilidad inventando armas; somete a varios animales y los sujeta a su mandado; se abriga de la intemperie construyéndose una vivienda, y se proporciona fuego, y guisa los alimentos para no comerlos crudos, y crea para su uso y comodidad otras artes y otros oficios.
En la historia de Foe, el héroe es harto menos prodigioso. Es por consiguiente más verosímil lo que ocurre. Robinsón había vivido en medio de una sociedad civilizada, y evocando el recuerdo de lo que había visto, se limitaba a reproducirlo más o menos groseramente.
Hay Benyocdan es personaje mucho más fantástico. El mismo novelista ignora cómo su héroe ha venido al mundo. Tal vez fruto de culpables amores o de matrimonio clandestino la bellísima princesa, su madre, para evitar la venganza de un padre o de un hermano harto severo, hace como la madre de Rómulo, o como hizo Elisena con su hijo Amadís, que por eso se llamó el Doncel del mar: le abandona en un bosque o le pone en una cuna flotante a merced de las olas.
De esta suerte, Hay Benyocdan llevado por mansos vientos, arribó a punto donde, al retirarse la marea, le dejó en seco, en fértil y apacible floresta, en hermosísima isla situada en la línea equinoccial, y en la que no hay hombres ni fieras, sino verdura, flores y frutos y animales tímidos y benignos. Una gacela le cría, como crió a Rómulo una loba, una cabra a Dafnis, y una oveja a Cloe.
La manera con que Tofail va explicando y contando el crecer del niño abandonado, el desenvolvimiento de sus facultades corporales, y lo que inventa y forja para aumentarlas, y luchar por la vida, es harto menos verosímil que en el cuento de Foe, pero es igualmente ingeniosa, sin dejar de presuponer en quien escribe atinada observación y experimental conocimiento de lo natural y real que hay en el mundo.
No se limita a esto, con todo, la novela de Tofail. Esto es lo menos importante de la novela, aunque sobre ello lo más importante está fundado.
Hay Benyocdan es todavía más excepcional y egregia criatura por el alma que por el cuerpo. Nada ve, nada hace, nada observa en sí ni fuera de sí, sobre lo cual no piense y cavile. En su mente va ordenando y combinando las ideas que recibe, claras y distintas todas, aunque desnudas de signo sonoro o dibujado que las represente, porque no hay para él palabra hablada o escrita. Sólo puede saber y sabe los varios gritos inarticulados de su madre adoptiva la gacela.
A mi ver, es un milagro de prodigiosa sutileza el que realiza Tofail al ir narrando el interior desenvolvimiento del pensar en la mente de su héroe solitario y mudo. Seguirle en esto no se puede aquí por falta de espacio y más aún por falta de suficiente aptitud en mí para extractar sin rebajar el valer de la obra.
Percibe Hay primero la diversidad de los seres que tienen vida, y abstrayendo luego las diferentes cualidades que los distinguen, ve aquello en que todos convienen y en que todos se identifican y halla así la especie y el género y llega por último a la unidad del ser, despojado de accidentes y de distinciones, pero que lo comprende todo. Y el ser a que llega no es el ser vacío, que indeterminado y sin atributos, se confunde con la nada, sino que es el ser en toda su plenitud y grandeza, porque ha llegado hasta él, no por mero procedimiento dialéctico, abstrayendo lo distinto y lo vario, sino buscando en él la causa y el origen del orden, de la magnificencia, del movimiento y de la vida, de todo el universo: causa que no ha logrado hallar ni en este mundo de generación y de corrupción en que vivimos, ni en el aire, ni en el éter, ni en los astros al parecer incorruptibles, ni en las esferas del cielo que van girando arrebatadas. El motor de todo esto, ora todo esto sea eterno, ora haya sido creado por el motor, sobre lo cual vacila Hay, presenta razones en pro y en contra y no decide, es un motor único, supremo y anterior, si no cronológicamente, dialécticamente, a todo cuanto fue, es y será. En suma, Hay, con argumentos dialécticos y cosmológicos, acaba por demostrarse la existencia de Dios, que todo lo llena; de una inteligencia pura que lo dirige todo y que todo lo penetra, sin las dimensiones y demás accidentes propios de los cuerpos.