Cuando muere la gacela, su madre adoptiva, discurre Hay sobre la vida y la muerte. Quiere buscar el principio de la vida que de la gacela ha huido. Con rudos instrumentos le abre las entrañas y busca ese principio en el hígado, en los pulmones, en el corazón, en la sangre y en los nervios. No le halla en parte alguna. Estaba en todo y como levísimo vapor se ha disipado. Así infiere que el principio de la vida es incorpóreo, es tenue; se asemeja en pequeño al gran ser que antes ha reconocido como motor o como alma del Universo.

Estudia luego a los animales con quienes vive y entre él y ellos descubre radical diferencia. Ve que ninguno ha logrado elevarse hasta la idea del gran ser a que él se ha elevado. Él, pues, es único en su especie. Valiéndonos de expresión moderna, él por sí solo constituye un reino aparte: el reino humano. La sustancia pensadora que en él existe no puede menos de ser inmaterial e inmortal...

El solitario Hay se consagra entonces a estudiarla con ahínco; escudriña, medita, prescinde de sus sentidos corporales; desecha de sí la memoria, se olvida del mundo sensible, hasta de la imaginación se despoja, y ya con la pura esencia del pensamiento, se hunde por lóbregos senderos en el abismo de su propia alma. Allí al cabo se le aparece la radiante y divina luz del día eterno. Hasta la inmortal esencia de su espíritu se diluye y se pierde en aquel Océano luminoso, viniendo a ser todo uno y lo mismo.

Todavía, sin embargo, Hay vuelve del éxtasis y contempla de nuevo el Universo visible, pero ya reconoce en todo él, en una parte más intensa y en otras menos, la luz en que estuvo inundado. Los rayos de aquel eterno sol y su imagen esplendorosa se reflejan con mayor o menor intensidad en cuantas son las criaturas. Así el sol material se refleja y se mira en los espejos, aunque estén empañados y turbios. Hasta en lo más bajo de nuestra tierra de corrupción brilla algo de la luz divina, como tal vez, en medio de las tempestades, un rayo de sol rasga las negras nubes y se quiebra y riela en las ondas fugaces del mar alborotado.

No pocos críticos acusan a Tofail de panteísta; pero yo me atrevo a sostener, si bien con la timidez que mis escasos conocimientos me infunden, que Tofail está exento de panteísmo. La persistente realidad de cuantos seres hay en el mundo queda a salvo con su doctrina. Dios lo penetra todo, pero no se confunde con nada. Yo no veo en Tofail tan enérgica expresión del corto o ningún valer de las criaturas, si con el Creador se las compara, como esta de un gran Padre de la Iglesia: ¡Dios mío, si las cosas son algo es por el ser que Tú les das, y no son nada porque no son lo que Tú eres!

Y en lo tocante a la unión íntima del alma con Dios y al propósito de la ciencia mística, tampoco va tan lejos Tofail como en sus términos y frases muchos místicos ortodoxos de Alemania, de Italia y de España.

Lo que sí se echa de menos en la mística de Tofail es, ya que no la carencia, la poca energía del amor que aspira y logra la unión más que la inteligencia pura.

En la segunda parte de la novela es donde todo buen musulmán, y más aún todo buen cristiano, tienen que censurar y que escandalizarse.

Asal, habitante de un país muy poblado y civilizado, y fervoroso creyente en una religión positiva, se siente inclinado a la mística contemplación, huye del mundo, busca la soledad del yermo y viene a dar en la isla donde Hay habita. Los dos extraños anacoretas se encuentran, se contemplan con mutuo asombro y al fin se acercan y se tratan. Al principio se entienden por señas, porque Hay no sabe hablar, pero Asal logra pronto enseñarle su idioma. De los sabios coloquios que tienen ambos resulta algo de muy satisfactorio al parecer: la concordancia de la fe y la razón. La verdad revelada por profetas, apóstoles y fundadores de religiones, coincide en todo con la metafísica que Hay ha construido en la serie larga de sus meditaciones. La única diferencia estriba sólo en que la metafísica de Hay es el desnudo foco o centro de la verdad, envuelta por la religión en densísimo velo de símbolos, alegorías y figuras. La gente vulgar no hubiera comprendido lo verdadero en toda su desnudez y pureza, por donde los fundadores de religiones han tenido que velarlo y envolverlo en símbolos. En vista, además, de la flaqueza y pasiones bajas de la plebe humana, la moral religiosa no ha podido revelarse tampoco, al menos como precepto, con toda su austeridad y firmeza: ha necesitado transigir un tanto para que el vulgo la acepte, se conforme y se someta.

De aquí puede inferirse que la metafísica de Hay es, según Tofail, la pura esencia de toda verdad religiosa, la cual permanece velada en símbolos para la multitud, incapaz de percibir sin ellos la verdad por medio de la introinspección y de la filosofía.