Hay y Asal concuerdan en que los que como ellos llegan a Dios por la inteligencia, logran la bienaventuranza contemplándole y uniéndose a Él, y más aún que en vida, en muerte, libres ya de sus mortales despojos. Tal es la gloria o el cielo en las religiones positivas. Los qué entreven o columbran a Dios en esta existencia mortal, y cediendo luego a sus apetitos, a sus malas pasiones y a sus gustos por lo terrenal y perecedero, se apartan de Dios, sienten después de morir un dolor grandísimo por no volver a ver ni a gozar el supremo bien cuya hermosura y luz columbraron. Son como hombres que antes veían y que después se han quedado ciegos. Tal es lo que corresponde al infierno en las religiones positivas. Y cuando la vista puede recobrarse con penas expiatorias, tal es el purgatorio.
Lo que es amplísimo en la metafísica de Tofail y de Hay es el limbo. La inmensa mayoría de seres humanos jamás eleva a Dios el pensamiento. Son como ciegos a nativitate, y como no han columbrado la luz divina, no se atormentan por verla ni por gozarla y caen en el limbo y quedan sin pena ni gloria.
Resulta, pues, en esta metafísica que, si son muchos los llamados, son pocos los escogidos, aunque son también muy pocos los condenados a penas eternas.
La novela de Tofail tiene un desenlace que puede interpretarse satíricamente. Hay se empeña en ir a predicar y a enseñar su metafísica entre los hombres. Asal procura disuadirle de aquel intento, dejando entrever que los hombres no están preparados para tanta verdad y que tal vez no lo estarán nunca. Hay, no obstante, persiste en su empresa y Asal se deja convencer y le sigue. Logran hallar un barco, navegan en él y arriban al país de donde Asal había venido. El rey, antiguo amigo suyo y persona excelente, recibe con palmas a los dos viajantes; pero, no bien éstos se lanzan a predicar su metafísica, toda la corte, la burguesía y la gente menuda, se aburre de ellos y los aborrece. Ambos entonces, imitando a la zorra, y perdóneseme lo ruin de la comparación, dicen no están maduras, y se vuelven a la isla desierta, donde viven en soledad y conversación interior hasta que les llega el día de su glorioso tránsito, o sea de la muerte.
Así, y no creo que muy libremente interpretada, es la novela filosófica de Tofail.
En España nadie había pensado en traducirla hasta que el entendido arabista D. Francisco Pons, muerto por desgracia en la flor de su edad, devolvió esta joya a la tierra en que se había criado, trasladándola con gran primor, fidelidad y elegancia al idioma castellano, que hoy se habla en ella.
El libro está impreso en la ciudad de Zaragoza en el presente año de 1900, y es el tomo V de la colección de estudios árabes que allí se publica. Contiene, además de la novela, una advertencia preliminar del arcediano D. José María Navarro, maestro y amigo que fue del malogrado traductor, un breve discurso de D. Marcelino Menéndez y Pelayo y como apéndice la alegoría mística Hay Benyocdan de Avicena, porque según dicen los arabistas, el nombre de Hay Benyocdan equivale al Viviente hijo del Vigilante, y viene a significar al hombre que piensa en las cosas divinas.
Sobre la duración del habla castellana
con motivo de algunas frases del Sr. Cuervo.