Con todo, y a pesar de las lecciones que este último está dando en el Ateneo, y a pesar de cuanto ha escrito ya en sus obras sobre las ideas estéticas y sobre los heterodoxos, todavía entiendo yo que la cuestión no está bien dilucidada. Nuestros más notables filósofos, desde el Renacimiento hasta el día, han escrito en latín, y no es poco lo que han escrito, por todo lo cual ni se han hecho extractos fieles y luminosos de lo que escribieron, ni se han emitido sobre ello imparciales y bien considerados juicios, ni los profanos, en cuyo número me cuento, hemos llegado a enterarnos con claridad y exactitud de sus sistemas y doctrinas. Sabemos que hemos tenido, y nos jactamos de tener entre nuestros filósofos a Luis Vives, a Valles, a Francisco Victoria, al doctor eximio Suárez, a Melchor Cano, a Domingo de Soto, a Foxo Morcillo, a Gómez Pereira y a muchos otros, pero la mayoría de la gente, apenas iniciada, sabe poco más que sus nombres. Con todo, basta saberlos y basta saber que bien o mal tan ilustres varones se han empleado en el estudio de la filosofía para presumir razonablemente que no se ha perdido entre nosotros la afición a este estudio, y que por consiguiente, los libros de la Biblioteca del Sr. Serra llegarán a venderse y a leerse, como muy de veras lo deseamos.
Otra opinión vulgar, que anda hoy muy valida contradice la posibilidad de que nuestro deseo se realice. Creen no pocas personas que la filosofía se va achicando y consumiendo conquistada y desmembrada por las ciencias positivas y exactas, que han ido poco a poco invadiendo sus dominios, anexionándoselos y repartiéndoselos como pan bendito o no bendito. Pero esto es una vanidad infundada de los sabios empíricos y de la muchedumbre que los admira y los sigue. Lo razonable es creer lo contrario: que mientras más se extiende el saber experimental, más crece y se magnifica en el espíritu el concepto de la filosofía y de la extensión inexplorada de su imperio.
Figurémonos que la filosofía, augusta y soberana emperatriz de las ciencias, mora en espléndido alcázar, cuyas salas y estrados son magníficos y cuyas elegantes cúpulas y empinadas torres se diría que llegan al cielo y se bañan en luz más pura y radiente que la de este sol que de ordinario nos alumbra. Pues bien, el alcázar, que así nos figuramos tiene vastísimos subterráneos, o sótanos por donde los sabios experimentales van andando y escrudiñándolo todo. Allí están las caballerizas, las pocilgas y los tinados, no pocos almacenes para trastos viejos, habitaciones capaces para la servidumbre, cocinas, fregaderos, bodegas, despensas y otras oficinas por el estilo. Por algunas rendijas y claraboyas tal vez se percibe y columbra algo de la magnitud y hermosura del alcázar; pero los sabios experimentales no hallan modo de penetrar en él, si bien mientras más andan, notan y averiguan en aquella parte baja, más crece el concepto de la soberbia amplitud y de la extensión maravillosa de lo inexplorado e inasequible que sobre ellos se levanta. Así comprendo yo qué es la filosofía con respecto a la ciencia que de la observación y del experimento procede.
Quizás nadie consiga nunca subir real y efectivamente a la parte superior del alcázar, pero por virtud de la fe, de la imaginación o de algo a modo de entusiasmo amoroso, quizás nos elevemos en espíritu con las alas que nos preste la religión, la metafísica o la poesía, y veamos o nos forjemos la ilusión de que vemos algunas de aquellas maravillas. De todos modos, los medios sutilísimos de que nos valemos para conseguirlo, y el ingenio, la tenacidad y los alambicados recursos a que acude y de que se vale nuestra mente en tan difícil empresa, tiene tal encanto y tan poderoso atractivo que nos deleitan y enamoran aunque en vez de triunfo obtengan sólo desengaños.
En este sentido y por las razones expuestas, los libros de filosofía no pasarán de moda, y en todas partes, incluso en España, agradarán e interesarán ahora y siempre. Auguramos, pues, buen éxito a la biblioteca del Sr. Rodríguez Serra. Van ya publicados en ella escritos de Schopenhauer y de Baltasar Gracián, y se anuncian como en prensa, varios de Nietzsche, Ibn Geribol, Emerson, Leopardi, Vives, Stiner y otros, tan opuestos en sus ideas que de lo menos que podemos acusar al editor es de parcialidad, antes bien aparece dotado de un sincretismo que nos inspira simpatía.
No aceptando por cierto sistema alguno, no alistándose en las filas de los secuaces y aceptándolos todos como cavilaciones discretas, divertidas o interesantes, poco importa que sean pesimistas u optimistas que sostengan el panteísmo, el materialismo u otros ismos, que afirmen o que no nieguen, con tal de que diviertan, interesen u ofrezcan alguna novedad. Lo que conviene, de cualquiera suerte que sea, es que el lenguaje de las mencionadas cavilaciones no resulte, o por culpa del autor o por culpa del traductor, muy bárbaro y enmarañado. Si el lenguaje y el estilo no fuesen claros y hasta cierto punto elegantes, pudiera ocurrirnos algo parecido a lo que ocurrió a la mona que trató de comerse la nuez verde y que la arrojó con desdén o con rabia al probar la amargura de la cáscara, sin llegar a comerse el sabroso fruto que dentro se escondía. Y aún sería peor, si vencida la repugnancia de lo verde y amargo y quebrantada también a fuerza de dientes la dureza de la envoltura leñosa, nos encontrásemos con que la nuez estaba vana o podrida. Prescindiendo de estas contingencias, yo declaro que todo tratado filosófico despierta mi curiosidad y me hechiza. Esperemos que suceda lo propio a mis compatriotas aficionados a libros, a fin de que compren y lean éstos sobre los que ahora voy discurriendo.
Otro peligro hay, contra el cual no veo reparo ni cautela que esté de sobra. La falta de preparación conveniente puede hacer que un alimento espiritual, ya por exótico, ya por inusitado, ya por harto sustancioso, se nos indigeste en el alma, o bien que siendo veneno le tomemos como triaca. Quiero decir, sin ambages, que los que están ayunos de todo conocimiento filosófico, si propenden además, como hoy generalmente sucede, a prendarse de lo extranjero, tal vez acepten por oro la alquimia y consideren cualquiera extravagancia o disparate como el Non plus ultra de la investigación especulativa y del saber humano.
Ni mis cortas luces ni la brevedad que debe tener este artículo consentirían, pongamos por caso, que yo impugnara aquí las doctrinas de Schopenhauer en el libro ya publicado y cuyo título es Sobre la voluntad en la naturaleza. ¿Pero no me sería lícito recelar, no sólo la falsedad de la doctrina, sino lo huero o vacío que en ella puede notarse, fundándose en puro juego de palabras y en llamar las cosas o sus cualidades con nombres que no han tenido jamás, en castellano al menos? ¿Qué diantre de voluntad es esa que se ignora a sí misma y que ignora lo que quiere y que produce, sin embargo, el universo y las leyes matemáticas, físicas y morales que, sin duda, le gobiernan? ¿Cómo de esa voluntad sin conciencia nace la conciencia? ¿Cómo nace la inteligencia de lo que no entiende? ¿Por muchas vueltas que se dé a un objeto, brotará en él algo que no esté en germen en él y que no traiga además de fuera de él la sustancia y la fuerza y la ley que para el desenvolvimiento del germen se requieren? En fin, la tal voluntad inconsciente, causa primera de todo, me parece a mí, profano, una ininteligible algarabía.
Y no se me acuse de poco respetuoso con los sabios celebérrimos y admirados en las naciones más cultas. El mismo Schopenhauer nos enseña la falta de respeto, aunque nuestra moderación y nuestra cortesía no acepten sino un poquito de sus lecciones. A casi todos los profesores de filosofía de las Universidades de Alemania los pone él como chupa de dómine, tratándolos de envidiosos, de plagiarios, de necios y de tan interesados que encubren la verdad y enseñan la mentira por miedo de perder la posición y el salario que reciben. A Kant le pone por las nubes; pero después de Kant apenas hay más que él en el mundo: Fichte es un mono, y Hegel, el que por tanto tiempo hemos admirado como el Aristóteles de la edad novísima, no es más que un charlatán atrevido. Leibnitz, cuando Schopenhauer le compara con él mismo y con Kant, es un miserable pigmeo, y tonterías y nada más que tonterías son su armonía preestablecida y sus mónadas.
El desenfado con que Schopenhauer fustiga a sus colegas tiene antecedentes en abundancia. Ya nos cuenta Gil Blas que los que disputaban en las aulas de Salamanca más parecían energúmenos que filósofos. No hay veneración que valga. El canciller Bacon, preconizado por muchos como fundador, norte y guía de todo positivismo, ha sido injuriado de la manera más feroz por no pocos de los mismos positivistas. Y Descartes, de quien se dice que procede toda la moderna filosofía, como de Sócrates la antigua, es considerado como un deplorable metafísico por Gioberti y por otros, que si algo de bueno hallan en él lo declaran plagio de San Anselmo o de otros autores de la Edad Media.