Como el Sr. Muñoz Pabón es joven aún, nos complacemos en esperar de su ingenio no menos sazonados y abundantes frutos.
Como otros muchos autores, en todos los países y especialmente en España, el Sr. Muñoz Pabón empezó escribiendo en verso antes de escribir en prosa. De sus obras en verso sólo conozco yo un librito publicado en 1899, cuya lectura produce en mi espíritu muy encontrados efectos. Por una parte confirma en mí la idea de que el Sr. Muñoz y Pabón posee no comunes dotes de escritor y de poeta, mientras que por otra parte, presumo yo que movido el autor por su gran piedad religiosa, tal vez sobrado cándida e irreflexiva, ha tomado para asunto de sus cantos, o mejor diré de sus narraciones en romances, ya que se trata de un Romancero, algo a mi ver delicado en extremo y ocasionadísimo a incurrir en faltas. El Romancero se titula El Niño de Nazaret. No creo que nada en este libro esté tomado o imitado del Evangelio apócrifo de la infancia de Jesús. Todo es sin duda inventado por el autor. ¿Pero hasta qué punto está bien componer algo a modo de novela con sucesos fingidos, por muy verosímiles que sean, de la vida terrenal del Verbo humanado, cuya gloria apareció a los hombres, como la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad? ¿No es rebajar demasiado un asunto altísimo el entrar en pormenores vulgares y realistas? La Virgen María cosiendo, lavando y cuidando de la casa; San José trabajando en su carpintería, y el Niño Dios yendo a la fuente por agua con el cántaro al hombro o en otros menesteres por el estilo, o entreteniéndose en juegos infantiles con muchachos de su edad, son harto difíciles de ser representados con el conveniente decoro. Quien tales cosas trata se expone, muy a su despecho, a deslustrar el decoro y a ofender la majestad de las cosas divinas.
Escritores heterodoxos o impíos o sólo imprudentes acaso, han abusado de tan peligroso género de amena literatura en estos últimos años. ¿Qué es más que una novela, aunque así no la llame, la Vida de Jesús de Ernesto Renán? La inglesa María Corelli, ¿no ha escrito recientemente una novela cuyos enredos y lances amorosos se ajustan y encajan, digámoslo así, en la pasión y muerte de nuestro divino Redentor? Hasta en las epopeyas que se fundan en tan sobrenaturales sucesos se expone el poeta, por eminente que sea, a entrar en pormenores que provoquen la burla de los incrédulos y que lastimen la veneración de los creyentes. ¿Qué no se podría decir de Jerónimo Vida y aun del mismo Klopstock? También un compatriota del señor Muñoz Pabón, el sevillano Diego de Hojeda, compuso un hermoso poema sobre la muerte y pasión de Cristo; pero Hojeda nada inventa ni añade a lo esencial de los sucesos que los Evangelios refieren. La actividad de su imaginación se emplea sólo en lo alegórico, simbólico y ultramundano. Muy distinto es el modo con que el Romancero de El Niño de Nazaret está compuesto, donde se atribuyen a Jesús acciones muy laudables todas, pero que carecen de fundamento histórico y que empequeñecen el concepto del Mesías en vez de realzarle.
En edades de mayor fe que la edad en que nosotros vivimos, apenas había peligro de mezclar con la verdad ficciones inocentes más o menos discretas. En el día le hay y no debemos dar pábulo a que se sigan escribiendo novelas en que Cristo, San José y la Virgen y los apóstoles sean protagonistas, cuando no el coro o la comparsa de una acción relativamente insignificante para la historia del mundo, como acontece en la por otra parte bien escrita y celebérrima novela cuyo título es ¿Quo Vadis?
Cuando el actor de los casos fingidos es el mismo Cristo Hijo de Dios, el peligro se ve más claro. ¿Para qué atribuir al Salvador acciones que no constan en ningún documento fehaciente? ¿Cómo podrá ningún hombre figurarse ni representarse con exactitud el desenvolvimiento y el crecer de un alma y de un cuerpo humanos, estrechamente unidos con el mismo Dios en la persona del Verbo? Claro está que el Sr. Muñoz y Pabón nada inventa de indecoroso ni de ofensivo, como, por ejemplo, lo que alguien ha pretendido probar recientemente en Alemania, de que Cristo estuvo estudiando en cierto colegio o Instituto de no recuerdo bien qué ciudad de la India; pero todavía, a pesar de lo inocente y católico de lo inventado por el Sr. Pabón, lo mejor es que no se tenga por hecho, sino por mero símbolo, alegoría y prefiguración de hechos reales ocurridos más tarde. Convengo en que así pueden disculparse los hechos referidos en el Romancero de El Niño de Nazaret, donde el coloquio con la Samaritana, la resurrección de Lázaro, el perdón de la mujer adúltera y otros pasajes de los santos Evangelios se leen prefigurados y escritos en narración infantil y como lectura propia para niños. Así también pueden disculparse y quizás aplaudirse por lo candorosos ciertos pormenores de usos y costumbres que no sé yo si son anacrónicos o no lo son, por mi escaso saber en arqueología. Así, por ejemplo, si los niños del tiempo de Cristo, avecindados en Nazaret, jugaban ya al escondite, al salto de la comba y a la gallina ciega como los niños de ahora. Candor es este que puede hacer gracia. Yo encuentro graciosa, en el poema de San José del Padre Maestro Fray José de Valdivielso, aquella sospecha de que el santo era sólo carpintero de afición, porque siendo hidalgo de tan ilustre prosapia no era posible que se ganase la vida trabajando con sus manos, en vez de vivir de sus rentas,
Pues debió de tener juros reales,
Cual descendiente de señores tales.
No obsta lo que va expuesto para que reconozcamos el notable talento poético del señor Muñoz y Pabón, la fresca lozanía, la luz y el colorido que pone en sus pinturas y la pasión entusiasta con que las anima. Acaso los inconvenientes que veo yo en el género no lo sean para niños o para lectores de mucha fe y de poca malicia.
II
Mucho se discurre sobre si conviene o no la centralización administrativa y sobre los grados de autonomía de que deben gozar la provincia y el Municipio. Cuestiones arduas son estas que yo dejo con gusto para que las resuelva el bullicioso enjambre de hombres políticos y de Estado que en España tanto peroran y se agitan. Lo que me preocupa es la centralización que proviene de la iniciativa individual, y del empeño que todos solemos tener de vivir en la capital y de abandonar los campos, las aldeas y hasta las ciudades que no consideramos de grande importancia. Si cuanto hay de florido, acaudalado y elegante, se viene a Madrid a lucirse y si acuden también a Madrid en busca de notoriedad y de fortuna, los sujetos que son o que se creen ricos de saber y de ingenio, de temer es que la grande extensión territorial de nuestra patria quede como desdeñada y abandonada de lo que brilla, fomenta el lujo y el bienestar y contribuye a la cultura.
En otros países de Europa, los magnates y grandes propietarios, asisten más tiempo que en la corte en sus quintas y castillos. Aquí apenas quiere nadie abandonar la capital, a no ser en el rigor del verano, y entonces, no suele ser para visitar los predios rústicos y dirigir o presenciar las faenas agrícolas, sino para irse a Francia o a otros países extranjeros a pasar por allá el tiempo y a gastarse la hacienda.