A pesar de lo dicho, que tal vez haga recelar que se reconcentre en Madrid lo más luminoso y activo de nuestra nación, es lo cierto que persisten aún grandes focos de luz y de actividad en nuestras provincias, y por ello no podemos menos de alegrarnos como partidarios que somos de este inocente y pacífico regionalismo. Las antiguas ferias, la solemne pompa de algunas festividades religiosas, las exposiciones de industria al uso moderno, los resucitados juegos florales, los congresos católicos, y hasta algunos otros congresos ultra-políticos, a fuerza de negar que son políticos, así como las predicaciones apasionadas y elocuentes de las personas que aspiran a regenerarnos, todo ello es útil para conservar y reanimar la vida en los extremos, impidiendo que refluya al centro y deje lo demás inerte.

Sólo hay un inconveniente no corto: que las tales predicaciones regeneradoras levanten de cascos a la gente levantisca y aficionada a vivir a salto de mata, y produzcan alborotos, motines y hasta guerras civiles. Pero si este peligro se evita o se conjura, yo entiendo que todo está bien, aunque siempre preferiría a las predicaciones regeneradoras, los juegos florales, las procesiones y las ferias.

De todos modos bueno es que alentemos hasta donde esté a nuestro alcance, y celebremos, si lo merecen, a cuantos cultiven las letras, permaneciendo en provincias sin venir a Madrid con el propósito de cobrar fama.

Sevilla, desde muy antiguo, es un foco de civilización castiza, cuya luz, por dicha, no se extingue ni se anubla. Su escuela de poetas y su escuela de pintores, florecientes y luminosas en el siglo xvi, y renovadas en el último tercio del siglo xviii, dan destellos todavía, a pesar de la general decadencia de nuestra nación.

Mucho disto yo de aspirar en estos artículos, que no pueden ser extensos, a presentar un cuadro completo del movimiento intelectual, literario y artístico de Sevilla y de otras ciudades de Andalucía. Me limito, y debo limitarme, a tratar de ciertas obras muy recientes, prueba, en mi sentir, de que dicho movimiento no es estéril, sino que en aquel mismo terreno produce sazonados frutos, prescindiendo de los cultivadores andaluces que vienen a Madrid, como los Alvarez Quintero y no pocos otros, a producirlos y exponerlos.

Tiempo ha que es brillante indicio de la actividad intelectual en la provincia de Córdoba la producción poética de Manuel Reina, natural de Puente Genil, donde de ordinario reside, aunque imprima en Madrid sus libros. Elegante e inspirado poeta, ha publicado Andantes y alegros, Cromos y acuarelas, La vida inquieta, La canción de las estrellas, Poemas paganos, en 1896, y recientemente, en 1899, El jardín de los poetas, último libro suyo que conocemos. Celebra en este libro y retrata con rasgos, a menudo felices, a varios poetas eminentes de todas las edades y naciones: desde Hornero, Anacreonte, Esquilo y Catulo, hasta Gœthe entre los extraños, y desde Jorge Manrique hasta Espronceda entre los propios. Aunque en España, no sé por qué, son poco populares y estimados los versos endecasílabos libres, yo los prefiero a veces a los que están sujetos al artificio de la rima, cuando la falta de ésta se halla compensada por el primor y la sobriedad de la dicción y por la cadencia musical del metro. La rima además tiene graves inconvenientes, cuando para vencer su dificultad, se emplean sobrados epítetos y participios en «oso, osa, ente y ante, ado y ada». Como quiera que sea, en este libro de El jardín de los poetas encuentro yo mejor y más brioso, inspirado y conciso que lo rimado, lo que está en endecasílabos libres.

Pero Manuel Reina, hasta donde lo consienten la frialdad e indiferencia para la poesía de nuestro público de hoy, es ya tan conocido, estimado y celebrado, que considero poco útil y expuesto a que se me tilde de presuntuoso el llamar la atención sobre sus escritos con detenido examen y crítica razonada. Básteme declarar aquí con toda sinceridad, que Manuel Reina es ya, a mi ver, uno de nuestros mejores poetas, y como es joven aún, se debe esperar de él mucho mayores aciertos, si pule, lima y encaja y ajusta en adelante con mayor firmeza, dentro de la conveniente y nítida forma, las hermosas ideas y el hondo sentir que con tanto ímpetu y abundancia afluyen a su espíritu.

Tratemos aquí de cosas que, si bien harto menos importantes, manifiestan que el ingenio y la gracia, lo que solemos llamar sal andaluza, no se ha disuelto aún, sino que persiste, a pesar de tantos duelos, quebrantos y desazones.

A puñados sazona con esta sal el Sr. don Francisco Toro Luna, algo a modo de comedia, cuyo título es ¡Día feliz!, que se representó en Córdoba en el teatro circo del Gran Capitán y en Julio del presente año. Sólo dos personajes figuran en la acción, la cual es muy sencilla. Todo el mérito está en el diálogo, natural, gracioso y desenfadado. Primero hay el monólogo de una joven y después el coloquio de ésta con un primo suyo que acaba por declararse fervorosamente enamorado de ella. No quiero contar aquí el progreso de la acción y el disimulado artificio que con la ingenuidad se confunde y por cuyo medio se llega al más venturoso y alegre desenlace. Si yo contase el argumento destruiría todo el hechizo de la obra no contándole con mucha extensión, porque en la obra, las palabras no huelgan, siendo en ella el carácter de la protagonista tan verdadero, simpático y regocijado, que mis paisanas las cordobesas no pueden pedir más, a pesar de lo picante de algunas ligerísimas punzadas satíricas. En suma, yo creo que ¡Día feliz! sería muy aplaudido en Madrid, si en Lara se diese; pero como yo no soy infalible, como el público es caprichoso y como por la lectura tal vez se notan primores que en la representación se desvanecen o pasan sin ser notados, yo me abstengo de pronosticar a fin de no desacreditarme como crítico. Sólo diré que ¡Día feliz! me agrada tanto como cualquiera de los más encomiados y cortos proverbios de Alfredo de Muset: como Un capricho, por ejemplo.

Sobre ¡Día feliz!, lo mismo que sobre la novela Justa y Rufina, quiero yo tocar un punto en que ambas obras coinciden: la adulteración de la ortografía para reproducir gráficamente el modo de pronunciar de los andaluces. A mi ver esto no imprime esencial carácter al diálogo, ni le hace más ameno y chistoso, y propende, en cambio, a crear un nuevo dialecto, o más bien una lengua bárbara e informe. Cervantes hace hablar a la gente más ruin de Andalucía sin marcar lo vicioso de la pronunciación en la escritura. Estébanez Calderón sigue su ejemplo y no por eso podrá dudar nadie de que sean andaluces Pulpete y Balveja. Y protestando de que sea inmodestia, y con todas las convenientes salvedades, me atreveré a citarme yo mismo, recordando que Antoñona, Respetilla, Dientes, Juana y Juanita las largas y otras figuras del vulgo andaluz, que introduzco yo en mis narraciones, hablan como por allí se habla, sin necesidad de notar lo mal y disparatadamente que acaso pronuncian. Yo me atengo, y me parece que todos los andaluces debemos atenernos a lo que se cuenta que el maestro de escuela de mi lugar decía a sus educandos: Niños, sordado se escribe con l; caznero con r; precerto con p; güeno con b y güeso con h.