En el diálogo o comedia del Sr. Toro Luna es más de censurar que en la novela del señor Muñoz Pabón esta inútil prevaricación del buen lenguaje, ya que las dos personas de su diálogo no son de la clase pobre y humilde, sino de lo más acomodado y elegante de la ciudad de Córdoba.

Conviene advertir también que las tales variaciones de pronunciación, que caracterizan el habla andaluza, son distintas según las poblaciones y comarcas, por lo cual, si por medio de la escritura nos propusiésemos expresarlas fielmente, no crearíamos un dialecto, sino doce, catorce o más. Hasta el tonillo es diverso según el lugar donde nació y se crió el que habla, y hasta según la ocasión más o menos solemne en que conversa o perora. En cierto pueblecito, por ejemplo, donde años ha solía yo ir de temporada, no hay sermón de Cuaresma ni de Semana Santa que agrade o que conmueva, aun siendo elocuentísimo y sentido, si no se pronuncia con un tonillo singular que los predicadores suelen aprender, si ya no lo saben, antes de subir al púlpito. Y yo tengo por evidente que este tonillo, otros de la misma laya, el ronquido en que suelen salir engarzados los vocablos en algunos lugares, y no pocas otras singularidades prosódicas, son intransmisibles por escrito, a no inventarse una anotación musical, adaptada para conseguirlo con muy sutil arte. Lo mejor, por consiguiente, es prescindir cuando se escribe, de tonillos y de malas pronunciaciones y hacer que todos hablen en castellano y como Dios manda. Si el personaje es andaluz de buena ley, ya lo conocerá el discreto lector por lo pintoresco de las imágenes y por el giro peculiar de las cláusulas y períodos.

Bien quisiera yo hablar aquí del movimiento intelectual de Málaga, en el día de hoy; de Málaga, de donde nos han venido a Madrid periodistas tan infatigables como D. Andrés Borrego; tan eminentes hombres de Estado como Cánovas, y los más notables iniciadores y promovedores del género andaluz como Estébanez Calderón y D. Tomás Rodríguez Rubí. Por hoy, con todo y para no pecar de prolijo, diré que en Málaga se conserva la tradición literaria, poética y erudita, a cuyo frente descuella en el siglo pasado el Marqués de Valdeflores, y a principio del siglo que va a terminar el elegantísimo poeta D. Juan María Maury. Dignos sucesores han tenido y tienen para el cultivo de las ciencias históricas en los hermanos Oliver y en el doctor Berlanga; para la poesía, en Narciso Díaz de Escovar, Salvador González Anaya y Ramón A. Urbano, sin contar con los que residen en Madrid de asiento; y para la novela, en Arturo Reyes, que puede ya ponerse al nivel de nuestros mejores novelistas y autores de cuentos.

Dejemos, no obstante, a Málaga y pasemos a Almería, muy apartada hasta hace poco del resto de España por las dificultades de los caminos, como allá en los tiempos del rey Almotacín, tan buen poeta y tan generoso protector de los poetas. Hoy, como entonces, se sigue en Almería poetizando, si bien no son los versos, sino un curiosísimo libro en prosa, lo que atrae ahora mi atención hacia aquella ciudad. El librito, primorosamente impreso en Almería, se titula Quitolis, y el autor, D. José Jesús García, le califica de novela. Novela me parece a mí en efecto, pero contada con tan extraña candidez y en apariencia con tan poco arte, que tiene trazas, más que de algo imaginado o inventado, de relación fiel de sucesos que verdadera y realmente han ocurrido.

El protagonista de la novela, el padre Juan, a quien daban por apodo Quitolis, ha vivido sin duda, pero en su ser hay mucho de simbólico y de enigmático. Sin ambición, sin codicia, sin apetito ni anhelo que le perturbe y le lleve en pos de las cosas terrenales, el padre Juan viene a ser como un inocente ángel del cielo, que ha tomado forma y cuerpo humanos. Sólo el afecto amoroso con que mira por su madre y cuida de ella, le enlaza singularmente con los demás seres.

Protegido el padre Juan por una marquesa devota y por el Sr. Magistral, que admiran y reconocen su virtud y su ciencia, vive sin apuros y modestísimamente con el producto de sus misas y de las particulares lecciones de latín que da a muchos niños.

Apenas hay enredo ni lances en esta novela. En ella todo es psicológico. La contemplación del cielo, del mar y de los campos que se otean desde un apartado y solitario paseo adonde el padre Juan va de diario, eleva su mente a muy encumbradas esferas: más allá del universo visible, hasta la suprema causa, que le da ser y que le llena, penetra e ilumina todo.

La pudibunda timidez del padre Juan, el horror que le inspira la idea de turbar la paz de las conciencias y su amor al orden y al sosiego, no consienten que perciba ni que ponga en claro con toda nitidez el vago y maravilloso concepto de Dios, que ha surgido en su alma, que la arrebata en el éxtasis y que la enamora sobrenatural y ultramundanamente.

La fama de la santidad y de la inocente y bondadosa indulgencia del padre Juan, hace que sean los niños y las jovencitas, educadas con el mayor recato, los que acudan a confesarse con él, en el tribunal de la penitencia. El optimismo del padre Juan y su dichosa manera de ver cuanto existe como al través de un prisma de color de rosa, vienen a corroborarse por la bondad de sus penitentes. Apenas sospecha o quiere sospechar el padre Juan la existencia del mal moral y del mal físico. La ira de Dios es incomprensible para él. La justicia de Dios se desvanece en su infinita misericordia.

El sentir y el pensar del padre Juan se van desenvolviendo, con profundo sigilo, en lo más íntimo y secreto de su alma.