El libro del Sr. Icaza prueba esta verdad, previo un detenido y juicioso examen del asunto, con atinadas observaciones y con gran copia de datos, recogidos con diligencia y ordenados con arte. Por todo ello queda patente que Cervantes puede ser calificado como inventor de la novela moderna de costumbres y de caracteres. Los libros de caballerías, las novelas pastorales y hasta las picarescas son otra cosa: son una larga serie de aventuras, sin más unidad de acción que la vida de algún personaje fabuloso a quien sigue y retrata el escritor desde su nacimiento hasta su muerte. Antes de Cervantes existía también algo que podemos llamar novela histórica o relación de sucesos que, si la severa historia no acepta, no son fingidos por el novelista, sino fundados en cierta realidad, hermoseada y adornada por la fantasía del vulgo, cuyas invenciones después la tradición consagra y hasta cierto punto autoriza. Así El Abencerraje, de Villegas, y Las guerras civiles de Granada, de Ginés Pérez de Hita.
Las novelas cortas, por último, y cuentos de italianos, franceses e ingleses, sin excluir el Decameron, de Bocaccio, son muy distintos de la novela cervantesca. Cuentan un suceso, refieren un lance, trágico o cómico, triste o alegre, pero sin fijarse en la pintura de las costumbres y en la viva representación de las pasiones y caracteres humanos.
En esto se fija y esto logra pintar el autor de El celoso extremeño, de Rinconete y Cortadillo, de La ilustre fregona, de La Gitanilla y de casi todas las demás novelas ejemplares por donde, merced a su agudeza psicológica, nueva o antes casi nunca empleada en este género de ficciones, Cervantes viene a ser el padre o el fundador de la novela, tal como la concebimos y comprendemos en el día. Para la demostración de esta verdad, que presupone en Cervantes un valer originalísimo, el señor Icaza examina y juzga todas sus novelas; refiere cuanto los críticos han dicho de ellas desde sus contemporáneos hasta hoy; impugna los ligeros juicios de Huet, de Florián y de otros; prueba la carencia de fundamento de las acusaciones de plagio lanzadas por Estala y Bosarte, y manifiesta el influjo poderoso que han ejercido las novelas de Cervantes en nuestro teatro español, en el extranjero y en la misma novela, que harto descuidada entre nosotros durante cerca de dos siglos, floreció y dio muy sazonados frutos en Francia, en Inglaterra y en otros países, de donde volvió a España muy acrecentada en riqueza, pero sin que deba olvidarse el origen tan español que tiene.
No cabe entrar en pormenores en este breve articulito ni dar idea exacta de lo bien estudiado que está el asunto por el Sr. Icaza, y del recto criterio, nada común saber y rara diligencia que despliega y luce tratándole.
EL BUEN PAÑO...
NOVELA POR J. F. MUÑOZ PABÓN, PRESBÍTERO
Si lo he entendido bien y si no lo recuerdo mal, el famoso novelista francés Emilio Zola dice que una buena novela ha de ser la exacta representación de lo vivido, observado y entendido al través de un temperamento. Zola olvida o desdeña lo principal: la imaginación, o sea la fuerza activa que representa bien lo vivido y lo que se ha visto y observado. No basta ver y observar: menester es reproducirlo o crearlo de nuevo valiéndose de la palabra y por virtud de la fantasía. Presupuesto este poder creador, una novela es o debe ser lo que Zola dice. Y tal es El buen paño....., del señor D. Juan F. Muñoz Pabón, presbítero de Sevilla, creo que cura de una de las parroquias de aquella ciudad, y en quien, no hará todavía un año, la aparición de Justa y Rufina nos dio a conocer a un nuevo y excelente novelista, ingenioso y discreto.
Su temperamento, o mejor diré su carácter, debe de ser jovial, apacible y sereno, calidades todas que ya en Justa y Rufina se mostraron, haciendo simpática la obra, y que en su nueva novela, titulada El buen paño....., se muestran más graciosa y resueltamente.