No quiero yo dilucidar aquí, porque los sucesos son harto recientes, si las circunstancias son parecidas o si son muy otras, y si hubo o si debió haber al acabar lastimosamente el Imperio colonial de España que había durado cuatrocientos años, algo de hermoso y digno de una gran tragedia: personajes que equivaliesen a los Rodrigos, Haroldos y Paleólogos que hemos citado. Lo que sí me parece que puede asegurarse es que mayor sacrificio que el que hemos hecho de dinero y de sangre hubiera tenido idéntico resultado o más desastroso, porque, sobre la pérdida de nuestras colonias, los yankees hubieran podido arruinar algunas de nuestras ciudades de la costa, y causar perjuicios gravísimos a nuestra industria y comercio renacientes, sin que toda la antigua valentía española, renacida y hasta aumentada, nos hubiese servido de mucho contra enormes barcos acorazados, contra diestros marinos y contra la certera puntería de colosales cañones.

Abandonados de toda Europa con la estéril e inútil conmiseración de algunas Potencias y con el soberbio desdén y secular aborrecimiento de otras, siempre hubiéramos sucumbido en la lucha, y mientras más la lucha hubiera durado, más honda y más cruel hubiera sido nuestra caída. Menester es resignarse: no hay otro remedio. ¿Qué ventaja pueden traernos ya las recriminaciones? Concedamos que ha habido culpas, cuyo castigo ha sido nuestra derrota; pero los culpados han sido y son tantos, que lo más prudente no es la absolución, sino la amnistía; olvidar lo que ya pasó, como se olvida el más horrible sueño, y hacer vida nueva. Exponer aquí como debe ser esta vida es empeño superior a mis facultades mentales, y creo que también a las de no pocos que han tomado el oficio de regeneradores y que recitan discursos o escriben libros terapéuticos. Lo único que puede afirmarse, sin que presuma el que lo afirme de estar dotado de la facultad de regenerar o de curar, es que en el día más que en otras edades, conviene ser rico para ser fuerte, y conviene además ganar aliados y amigos, y no estar solos en el mundo. El valor heroico, puede hacer milagros; pero no debe fiarse en milagros la suerte y el porvenir de la patria. Y ese mismo valor heroico, cuya aptitud milagrosa concedemos, en algunas ocasiones decae, y hasta fallece cuando faltan en la colectividad o en el individuo los materiales recursos, la destreza en las armas y todos aquellos medios de defensa y de ofensa que son ahora más complicados y costosos que nunca y que requieren constante estudio y largo aprendizaje para que sean bien empleados.

Me mueve a poner aquí las anteriores reflexiones la lectura de una novela o como queramos llamarla, obra de D. José Nogales, y cuyo título es El último patriota. Constituye la acción o el argumento de la mencionada novela, la serie de sucesos, de temores y de esperanzas que sobrevienen y asaltan a los habitantes de una ciudad imaginaria, llamada Oblita y situada en territorio español, durante la muy deplorable y harto poco lucida guerra que contra los Estados Unidos de América nos vimos obligados a sostener. Y digo que nos vimos obligados, porque hasta cierto punto es falsa la vulgar sentencia que dice: que dos no pelean cuando uno de los dos no quiere. El que no quiere puede ser colocado tan sin escape y tan entre la espada y la pared, que sin contar con la menor probabilidad de triunfo y sólo para salvar su decoro y probar que cede a irresistible fuerza, acepta o declara la guerra, aunque esté persuadido de que va a ser derrotado. Así con espadas de plomo peleaban gladiadores contra el bien armado Emperador de Roma, que de seguro había de matarlos, y así sale al campo a reñir en desafío contra el más tremendo de los espadachines un señor viejo y pacífico que no sabe de esgrima o que la ha olvidado, y que por no haber tirado al blanco o haberse quedado medio ciego no acierta a dar un balazo a un elefante a cinco metros de distancia.

Importa, antes que todo, rejuvenecerse y robustecerse para cobrar confianza; aprender luego o recordar los ejercicios gimnásticos y de las armas; apercibirse de los convenientes pertrechos, pero sin gastar en adquirirlos lo que antes debe emplearse en restaurar los bríos naturales de la propia persona, y, por último, buscar y ganar amigos para no verse otra vez abandonados en el caso de un nuevo conflicto. Pero lo que importa más que nada es que no decaiga el ánimo, que no se abata el vencido y que no forme muy ruin y desesperada opinión de sí propio.

Por lo expuesto me inclino yo a desaprobar la impía burla con que fustiga el señor Nogales a los habitantes de Oblita. Convengo en que un fervoroso patriotismo, herido y exaltado por recientes desventuras, y el deseo de estimular a la patria y de excitarla a grandes acciones, sacándola de la flaqueza y del marasmo en que tal vez ha caído, pueden mover a un varonil y bien intencionado escritor a zaherir y a satirizar duramente a la misma nación a que pertenece. Claros ejemplos de tales diatribas, fundadas en sentencias como las que rezan: quien bien te quiere te hará llorar, y la letra con sangre entra, han dado en Italia, para libertarla del yugo extranjero y hacerla una, no pocos egregios italianos como Parini, Giusti y Leopardi, avergonzándola y maltratándola de palabra, ora en prosa, ora en verso.

¿Está bien o no está bien que nos valgamos hoy en España de un método parecido? Hallo tan comprometido el contestar a la pregunta, que no atino con la contestación útil y justa y no me resuelvo a darla. Paréceme, no obstante, que entre nosotros hay en el día circunstancias que deben movernos a ser más indulgentes que ásperos; a consolar y alentar en vez de censurar.

Una de las causas, la mayor tal vez de la postración y del hundimiento en que nos vemos, es la cortísima estimación en que se tienen hoy los mismos españoles; cortísima estimación que, combinada con el sobrado aprecio y exagerado buen concepto que cada cual forma de sí propio, nos arrastra a la desunión, al regionalismo y al separatismo. Los cubanos, sin duda, se figuraban más civilizados, más listos, más productores de bienestar y de riqueza, y harto más capaces de progreso que los habitantes de esta Península. De aquí el que creyesen que era impedimento o rémora para que subiesen ellos a más altas esferas, el seguir unidos a nosotros. Posible es que alguien piense en tal cual región de esta Península de la misma manera que pensaban los cubanos. Nobilísimo es el amor de la patria chica; pero debe ir acompañado, para no ser funesto, del amor de la patria grande. El desdén y el odio hacia ella son origen de debilidad y de interesado egoísmo.

No menos lamentable, sobre todo después de un inmenso infortunio, es echarse la culpa unas parcialidades a otras parcialidades y unas clases a otras clases. Si tienen la culpa los liberales, dirán los serviles que deban mandar ellos para regenerar el país; si los políticos se inventará una masa neutra que tratará de convertirse en política de repente; si los librepensadores, saldrán chillando los devotos y ultra-católicos, asegurando que todo el mal proviene de la carencia de fe religiosa; por contraposición, los librepensadores afirmarán luego que el fanatismo es lo que nos debilita, empobrece y vuelve tontos; en suma, no nos entenderemos, y cuando más que nunca conviene la concordia y la paz, acabaremos de arruinarnos con el desasosiego y los desórdenes. Casi todo el siglo xix se nos ha pasado en revoluciones estériles, en largas guerras civiles, en pronunciamientos y contrapronunciamientos, en tejer y destejer constituciones y leyes orgánicas, en reformarlo todo, y en reformar de nuevo lo reformado antes; y de todo ello procede sin duda la mísera situación en que hemos caído. No es, pues, modo de remediarla el volver de nuevo a las interminables reformas, a atribuirnos unos a otros la malaventura y a reñir contra los propios porque no fuimos hábiles para reñir contra los extraños.

La alegoría o el símbolo suele prestarse a diversas interpretaciones. La novela El último patriota es alegórica o simbólica, y bien puedo yo interpretarla a mi modo. Acaso mi interpretación sea la recta. De ella se deducirá entonces una moraleja muy semejante a cuanto acabo de decir en este artículo: que en fuerza de ser la culpa general, debemos olvidarla, haciendo antes el firme propósito de la enmienda.

Es sin embargo, harto cruel y burlesca toda la alegoría que a tan buena moraleja nos conduce. La rapidez con que los habitantes de Oblita pasan de una extremada y jactanciosa confianza al abatimiento y a la consternación; los medios ridículos que inventan y a que acuden para combatir a los enemigos, como por ejemplo el fulminario, con el cual suponen que echarán a pique toda la escuadra de Watson; el gracioso combate en que toman parte los valerosos habitantes de Oblita contra la mencionada escuadra, que por un prodigio de imaginación han traído de América hasta las playas que están cerca de su ciudad; el belicoso ardor del padre cura y los arrestos magnánimos del linajudo hidalgo D. César Paniagua, todo tiene chiste y todo hace reír, pero con lo que vulgarmente se llama risa de conejo, que en vez de regocijar, lastima y duele. Hasta la determinación final del cura y de D. César de levantar para regenerarnos una partida carlista y de encender de nuevo la guerra civil, está bien ideada y trazada, y contribuye a la severa lección que el Sr. Nogales quiere darnos.