Quisiera yo dar aquí noticia de otros cuentos y novelas recientemente publicados. La cosecha, como ya indiqué, es abundantísima en el siglo presente y también lo fue en el pasado. Me arredra, pues, fatigar a mis lectores. Y sin perjuicio de emprender de nuevo la tarea de crítico en otra ocasión en que me sienta yo menos cansado, me limitaré ahora a citar por sus títulos a Tomás I, por D. José Jesús García, impreso en Almería; a Gondar y Fortaleza, por el marqués de Figueroa; a Suelo, por D. Sebastián Gomila, edición de Barcelona; A la sombra de la mezquita, cuentos cordobeses, por D. Julio Pellicer; La mujer de Ojeda (Alicante, 1901), por D. Gabriel Miró; Naderías, cuentos y artículos, por don Alfonso Jara, y Del bulto a la Coracha, por el ya muy estimado y celebrado malagueño don Arturo Reyes.

Hoy, por último, sólo daré cuenta de una novela de un escritor sevillano, conocido ya por erudito y también por elegantísimo e ingenioso poeta. Como novelista, no sé yo que D. Luis Montoto, el escritor a quien aludo, haya publicado nada antes de escribir y de publicar la novela que lleva por título Los cuatro ochavos. Como poeta lírico le conocía yo y le estimaba en mucho desde hace tiempo. En el movimiento intelectual y en la actividad literaria de que es centro Sevilla, figura entre los más ilustres literatos. Con su novela Los cuatro ochavos viene ahora a colocarse, sin duda, entre los mejores y más originales novelistas de toda España.

La historia que nos cuenta está inmediatamente tomada de la realidad. Todo en ella, más que de ficción, tiene trazas de fiel trasunto de cosas que se han presenciado; no de nada que se inventa, sino de sucesos y de personas que se recuerdan. Y sin embargo, de los tales sucesos y personas, que aparecen vulgarísimos al empezar la narración, brota y se desenvuelve luego la encantadora poesía.

Don Antonio, el principal personaje, el dueño de los cuatro ochavos, se nos muestra al principio tímido, engreído con sus riquezas, egoísta y hasta pervertido y vicioso, no arrastrado por pasiones violentas, sino por debilidad de carácter.

El interés de esta curiosa novela, lo que verdaderamente nos la hace simpática, no es la transformación o el cambio, porque nada cambia ni se transforma, sino la aparición cada vez más clara y más brillante de la bondad, nobleza y dulzura del alma de D. Antonio, que va desechando poco a poco sus miserias y sus vicios por debilidad contraídos, y acaba por resplandecer en su desnudez espiritual, limpia, inmaculada y rica de bondadosos afectos.

El valer moral del a primera vista insignificante D. Antonio va elevándose gradualmente hasta que, en nuestro concepto, se transfigura y aparece cercado de simpáticos resplandores.

Su generosidad, mal empleada primero, ya en mujeres livianas, ya en sostener en la holganza y la crápula al desvergonzado parásito Pepe Carranza, empieza a tomar atinada dirección merced al cariño, sin el menor viso ni asomo de concupiscencia, que le inspira Soledad, fiel y honrada ama de llaves. Se extrema después la bondad del corazón de D. Antonio cuando recoge al niño Angelito, que providencialmente viene a ponerse bajo su amparo, y que es hijo de Soledad y del anarquista Isaías, que ha tenido que huir y que emigrar a Buenos Aires.

El amor paternal que siente D. Antonio por el niño que ha recogido, sin que Soledad se haya valido de maña ni de astucia para que le recoja y le ame, hace ya a D. Antonio digno de veneración y simpatía.

El ulterior y bien motivado examen de conciencia que hace D. Antonio recorriendo punto por punto su vida pasada y reconociendo con pena y arrepentimiento cuán inútil y estéril ha sido, le realza y le purifica a nuestros ojos, le pone muy por cima de sus cuatro ochavos, de que antes cándidamente se ufanaba, y le eleva también sobre las personas miserables e interesadas que le rodean: sobre el parásito Pepe Carranza y sobre sus destestables parientes Teodorita y Ricardo, que ansiaban heredarle y que al fin le heredan.

Tampoco en esta novela de Los cuatro ochavos triunfa la virtud en el mundo. Teodorita y Ricardo son los que triunfan. Bien puede decirse que son ellos los que matan a disgustos a D. Antonio.