El fin de la novela no puede ser más trágico. Si sólo se atiende a lo material y externo de la vida humana, no puede ser más pesimista. Soledad queda desvalida, acusada de ladrona y casi deshonrada. Su marido, que ha vuelto de Buenos Aires y ha tomado parte en un tremendo motín popular, muere de un balazo capitaneando las turbas. Y el bueno de D. Antonio, sin persona amiga que cuide de él, y entre las rapaces garras de sus infames primos, acaba lastimosamente su vida.

Pero lo singular de todo esto, lo que prueba que el estilo, las creencias y los sentimientos del narrador y la luz del cielo con que tal vez ilumina los casos más crueles y las mayores catástrofes pueden trocar el mal en bien y convertir el veneno en triaca, es que Angelito y Soledad, tan desventurados materialmente, se hacen dignos de envidia y de gloria, y el pobre de D. Antonio, que al principio de la novela casi nos infunde desprecio y es objeto de risa y de burla, acaba por ser amado y venerado de los lectores.

El dejo que en el ánimo de ellos debe de quedar después de leída la novela no es desconsolador ni depresivo, sino que está lleno de suave y religiosa consolación y de la moralidad más verdadera y más alta. Y cuando esto no se opone, sino que se aviene y se concierta con el entretenimiento ameno que obras de esta clase han de traer consigo (porque si lo moral fuese aburrido, lo moral se convertiría en inmoral, ya que haría lo moral odioso), dichas obras merecen todo aplauso y cumplen hábil y discretamente con el fin que ha de proponerse el novelista, deleitando y enseñando a la vez, sin fastidiar el espíritu, sin darnos un mal rato, sin entristecer ni oprimir los corazones.

Yo creo que la novela del Sr. Montoto realiza cumplidamente el mencionado fin. Por eso me complazco en celebrarla, envío a su autor mi más cordial enhorabuena, y le excito, hasta donde mi aprobación y mis alabanzas alcancen, a que siga escribiendo narraciones con el acierto que puede esperarse del que ya en Los cuatro ochavos se advierte y celebra.


Sobre la CUESTIÓN DE AMBIENTE


Al Sr. D. Antonio de Hoyos.

Mi distinguido amigo: He leído con la debida atención la novela de usted que tiene por título Cuestión de ambiente, y voy a decirle con franqueza el parecer que sobre ella me pide. Dicha obra demuestra, a mi ver, que su autor posee imaginación muy viva, natural sencillez y facilidad de estilo, nada vulgar aptitud para la observación, y arte y buen tino para ordenar después, expresar y narrar lo observado.

Todas estas prendas lucirían, sin embargo, mucho más en usted y darían más sazonado fruto, si la lectura de ciertos libros extranjeros que están de moda, como los de Bourget, Marcelo Prévot y D'Annuncio no pesasen sobre la condición propia del ingenio de usted, llevándole por caminos muy otros de los que espontáneamente hubiera seguido.