Durante ocho días no vimos después sino mar y cielo. En mal sitio aportamos al antiguo mundo. Aportamos a la fea y desolada isla de San Vicente de Cabo Verde. Fuimos luego a Tenerife y, como quien saluda a su patria después de larga ausencia, saludé desde lejos el majestuoso pico de Teide. En Tenerife no pudimos desembarcar por precaución sanitaria. Ni desembarcamos tampoco, aunque nos detuvimos en Funchal un día entero. Cuando de allí nos alejamos, toda la hermosa isla de Madera, con su montaña cubierta hasta la cima de pomposos árboles, me parecía rico y gracioso canastillo de flores, que los Genios del mar sacaban al aire claro, al más diáfano ambiente, desde el fresco seno de las azules ondas.

En fin, para que no te rías y para que no pienses que pretendo lucir mi estilo poético, te diré que llegué a Lisboa.

Durante la navegación, sin embargo, tuve una aventura harto notable. Y como este escrito tiene trazas de confesión general, no me parece bien que se quede en el tintero, y voy a contártelo aquí aunque me exponga a tu reprobación y a tu censura.

Venían muchos pasajeros a bordo, pero tan vulgares todos que no merecen que yo te los describa aquí, ni aunque quisiera podría describirlos porque los he olvidado por completo. Sólo había uno que excitó mi curiosidad y me inspiró interés y simpatía. Extraño personaje de los que no se usan ni se ven con frecuencia en el mundo. Aunque iba aseado y vestido a la europea, yo me lo representé, no bien supe su nombre y su origen, como si fuera el propio Adán que acababa de ser echado por segunda vez del Paraíso. Y no era quien le echaba un querubín con espada de fuego, sino su tío el doctor López.

Para no tenerte más largo tiempo suspenso te diré sin más preámbulos que el tal personaje se llamaba Pepito Domínguez, joven paraguayo, que acababa de cumplir dieciocho abriles, y a quien el mencionado doctor, Presidente de la República, enviaba de Secretario de la Legación ubicua que ya tenía en todas las capitales de Europa y de la que su hijo, el segundo doctor López, era jefe.

Sabido es que, imitando a su antecesor el doctor Francia, como éste había imitado a su vez a los padres jesuitas, el doctor López había tenido a toda la población del Paraguay separada del mundo y apartada del trato humano a fin de que conservase su dichosa y primitiva inocencia. Y llegó a tal punto el aislamiento, que se cuenta que un sabio francés, llamado Bonpland, que entró por allí a herborizar, fue detenido por fuerza y tuvo que residir en el Paraguay muchos años. En virtud de este modo de gobierno, dicen que los paraguayos fueron felices, y como su tierra es hermosa y fértil, imaginaron vivir en el paraíso, con celestial candor y envidiable ignorancia de las cosas terrenales. Poco a poco se fue relajando aquella clausura en que vivía toda la nación. El doctor López consintió en que fuesen a su capital varios Cónsules extranjeros. Y el más ladino de todos, que era el yankee, hizo allí papel semejante al de la serpiente en el primitivo Paraíso, induciendo a la mujer del doctor López, y por medio de ella al mismo doctor, a quebrantar la clausura y a ponerse al habla y en relación con el resto del humano linaje. Así lo decretó el doctor López, y de resultas y como corolario de su decreto, envió a su hijo con cartas credenciales para todos los Soberanos de Europa, proponiéndose celebrar con ellos sendos tratados de paz, alianza, navegación y comercio. Y no contento el doctor López con esta novedad, resolvió a los seis meses enviar cerca de su hijo, para secretario de la Legación, a su ya nombrado sobrino Pepito Domínguez.

Acertado fue el nombramiento. Ni los más maldicientes hubieran podido calificarle de acto de nepotismo. El flamante secretario podría muy bien figurar en Europa como exquisita muestra de lo mejor que produce el cruzamiento de las razas. La sangre guaraní corría por sus venas mezclada con la sangre española. Y esta mezcla o combinación había tenido un resultado excelente. El mozo era por su traza un andalucito muy agraciado, si bien con un no sé qué de peregrino, que borraba de su fisonomía, de su ademán y de sus movimientos toda huella de vulgaridad, dándole distinción y atrayendo hacia él las miradas curiosas de cuantos sujetos gustan de lo que no se tiene a todo pasto ni se encuentra al revolver de una esquina.

Pepito Domínguez parecía, además, naturalmente listo: dotado de rápida y clara comprensión y muy expedito para todo. Las esperanzas del doctor López no eran infundadas. El Cónsul yankee le había hecho comprender o creer que, por culpa de aquella clausura y de aquella incomunicación en que los paraguayos habían vivido, todos ellos se habían quedado, salvo la moral y el dogma de Cristo, que conocían aunque de un modo burdo, en inmenso atraso con relación a lo restante de la humanidad; y que todo cuanto esta había descubierto, inventado, experimentado, fabricado y averiguado durante ocho mil o nueve mil años, era para los paraguayos asunto desconocido, arcano tenebroso, libro de siete sellos.—Menester es ilustrarse, pensaba ya el doctor López: menester es alcanzar con rapidez la civilización de Europa; dar un brinco audaz y saltar de este solo brinco los nueve mil años que de la civilización nos separan. Y nadie más a propósito que Pepito Domínguez para tan arriesgada empresa. El muchacho es tan ágil que, en un santiamén, en menos que se persigna un cura loco, va a enterarse de cuanto ocurre por esos mundos, y va a aprender a escape y sin la menor fatiga todo lo substancial de lo que a fuerza de seculares cavilaciones han llegado nuestros prójimos a poner en claro.

Esto o algo por el estilo había pensado el doctor López, y con esta misión, a más de la misión diplomática, enviaba a Europa a Pepito Domínguez. Su inteligencia era, sin duda, tabla rasa, pero tabla bruñida, tersa y maravillosamente adecuada para que los conceptos se grabasen en ella con prontitud, se ordenasen allí sin confusión y distintamente y persistiesen luego como indelebles signos, sin borrarse ni alterarse nunca. La vanidad y el afecto de tío movían al doctor López a pensar así de su sobrino D. Pepito. Y lo que es él no tenía menos favorable opinión de sí propio; pero el candor y la ignorancia hacían amable y chistoso su presumido atrevimiento. La petulancia infantil de D. Pepito era encantadora.

Yo, que hablé con él desde el primer día que ambos estuvimos juntos y nos vimos a bordo, hallaba en la susodicha petulancia irresistible hechizo.