De sobra conoces tú, mi querido Vizconde, la propensión didáctica que he tenido siempre. Aquel chico que tan confiada y valerosamente se proponía aprender y saber como por ensalmo, que aspiraba a poner la atrevida mano en el árbol de la ciencia, coger su fruto, que había tardado noventa siglos en madurar, estrujarle en la pujante prensa de su entendimiento, alambicar el zumo y bebérsele luego de un trago sin temor de embriaguez ni de trastorno, te confieso que me divirtió mucho y que despertó y estimuló en mí la antigua manía didáctica que siempre he tenido. ¿Porqué, me decía yo, no he de hacer con este muchacho el papel de Minerva o de Sabiduría personificada? ¿No podía yo darle a beber en mágico cáliz la sublimada quinta esencia de todo lo sabido hasta ahora?

Difícil de vencer era mi tentación. El mal disimulado asombro con que D. Pepito me miraba hacía mi tentación más fuerte. D. Pepito veía en mí el sobrenatural y más complicado producto de esa civilización de noventa siglos de que él quería apoderarse. Yo era para él como resumen y compendio de todas las ciencias, artes e industrias. Algo como enciclopedia viva. Entendió D. Pepito que si llegaba a entenderme y a saberme a mí, todo lo entendería y lo sabría. Y persuadido de esto, él me lo explicaba a su manera, y yo me sentía muy lisonjeada cuando él me lo explicaba. Sus explicaciones eran por lo común en castellano, pero de vez en cuando se empeñaba él en dármelas en guaraní. Yo no comprendía palabra, y él, entonces, quería enseñarme su lengua, asegurándome que para tratar de no pocos asuntos y sobre todo para el amor era mil veces más expresiva y eficaz que el habla de Castilla. Para complacerle le solía yo pedir que me dijese algo en guaraní y hasta que me enseñase a contestarle. Él entonces me decía:

Nde cuñá porá. Che-r-ayhub-i, esto es: tú eres mujer bonita. Ámame.

Adiestrada luego por él en la pronunciación, casi me obligaba a decir y yo decía riendo:

Nde-hayhú, o sea: te amo.

Él en seguida se ponía contentísimo, me miraba con unos ojos muy dulces y con un mirar muy intenso y fijo, y aseguraba que toda su ventura se cifraba en ser mi o-hayhú-bae, o, como si dijéramos, mi amante. Con esto me reía yo mucho más: me reía como una loca: y, para excitarle más por la contradicción, añadía:

—Hijo mío, todo eso está muy bien: tus vocablos guaraníes son musicales y sonoros, pero yo no veo por dónde han de ser más expresivos ni más eficaces que los correspondientes vocablos castellanos.

D. Pepito entonces procuraba realzar y fortificar la eficacia de sus vocablos; y en su entusiasmo filológico, sin maliciosa premeditación, apelaba a la mímica.

—Modérese usted, tenía yo que decirle, y advierta que con ese auxilio no hay idioma que no sea tan eficaz y expresivo como el guaraní. Con ese auxilio hasta sin hablar se expresa cualquiera con primor, claridad y eficacia. Lo malo está en que yo no acepto ese lenguaje auxiliar, y menos aún en esta ocasión y en este sitio.

Estábamos sentados sobre cubierta y rodeados de multitud de pasajeros. Anhelaba yo mostrarme severa y grave, pero apenas me lo consentía la risa que me retozaba en el cuerpo, porque D. Pepito ponía una cara cómicamente triste, y que por cierto no me parecía mal. En fin, yo vencía los estorbos que a mi severidad se oponían, me mostraba entonada y digna y conseguía que el joven se arredrase y estuviese respetuoso.