—Tú estas loca, hija mía, y yo supongo que ni tu locura será contagiosa ni se la pegarás a tu madre. Imperdonable estupidez sería que ambas os arruinaseis por salvar a un pillastre. Anda, déjale que vaya a presidio. Aquel es su término natural e inevitable. Si ahora le salvaseis, en seguida volvería a hacer de las suyas y a dar nuevo motivo para que le apretasen el pescuezo. Vuestro sacrificio no sólo sería inútil, sino también perjudicial.

—Los consejos de usted—contestó Juanita—, y perdone usted que se lo diga, son aquí los inútiles. Contra mi firme resolución no hay consejo que valga. No son consejos, sino dinero o crédito lo que yo necesito. Si tuviera yo en mi arca los ocho mil reales, los hubiera traído y se los hubiera dado a ustedes en cambio de un papel, firmado por ustedes, donde declarasen que Antoñuelo nada les debía y que no tenían contra él la menor queja.

No tengo dinero, peco estoy segura de poder reunirlo antes de seis meses. ¿Quieren ustedes firmar el documento de que he hablado desistiendo de toda queja contra Antoñuelo y recibir en cambio otro documento en que yo me comprometa a pagar los ocho mil reales? Este es el asunto, y no hay para qué andarse por las ramas. Conteste usted, don Ramón, y diga que sí o que no.

—Pues mira, Juanita—contestó el interpelado—, yo digo que no, porque no quiero ser cómplice de tu locura y porque un papel firmado por ti, que eres menor de edad, no vale un pitoche.

—El pagaré, aunque apenas tengo veinte años, valdría tanto como si yo tuviese treinta. Nunca he faltado a mi palabra escrita. Para cumplir el compromiso que contrajese me vendería yo si no tuviera dinero.

A don Ramón se le encandilaban algo los ojos, a pesar de que doña Encarnación estaba presente, y dejó escapar estas palabras:

—Si tú te vendieses, aunque en el lugar son casi todos pobres, yo no dudo de que tendrías los ocho mil reales; pero yo no quiero que tú te vendas.

—Ni yo tampoco—replicó la muchacha—. Lo dije por decir. Fue una ponderación. Los bienes de mi madre son míos; ella me quiere con toda su alma y hará por mí los mayores sacrificios. No dude usted, pues, de que dentro de seis meses tendrá los ocho mil reales que ahora me preste, sin necesidad de que yo me venda para pagárselos.

Doña Encarnación le interrumpió entonces diciendo: