Juanita se dirigió para salir hacía la puerta de la sala. Ya en la puerta, volvió la cara, miró a don Paco, se dio a escape más de treinta besos en la palma de la mano, sopló en ellos y se los envió a su amigo por el aire.

—De cerca y sin alas los quiero yo.

—Ya les cortaremos las alas. En cuantito no sea pecado mortal, los tendrás de cerca hasta que te hartes.

Y dicho esto, recogió el mantón en la antesala, bajó brincando por la escalera y se puso en la calle.


XXXV

En medio de su alegría por haberse reconciliado con don Paco, por estar segura de su amor y resuelta a casarse con él, aunque doña Inés y el cacique se opusiesen y tuvieran ella, su novio y su madre que ser víctimas de la cólera de tan poderosos señores, Juanita sentía profunda pena por la suerte de Antoñuelo. Su delito le daba horror y no quería volver a verle ni hablarle en la vida; pero le amaba aún con cariño de hermana y presentía que ello acibararía con algo como remordimiento las mayores venturas que pudiera alcanzar sí no evitaba que Antoñuelo fuera procesado, deshonrado públicamente y condenado a presidio. Con egoísmo amoroso, sólo del amor mutuo que don Paco y ella se tenían, había ella hablado con don Paco. Ya en la calle y separada de él, Juanita volvió a pensar en Antoñuelo y a cavilar en un medio de salvarle sin que nadie le diese auxilio y siendo ella su única salvadora.

Con este propósito se presentó en casa del tendero murciano, que la recibió estando con su mujer, doña Encarnación, solos en la trastienda.

No lloró Juanita, porque tenía muy hondas las lágrimas y rara vez lloraba; pero con acento conmovedor y apasionado les rogó que se callasen sobre lo ocurrido, prometiéndoles que en el término de seis meses ella les daría los ocho mil reales que el forastero se había llevado. Contaba para esto con la voluntad de su madre, de la cual estaba cierta de disponer como de su propia voluntad. Su madre tenía dado a premio dinero bastante para salir de aquel compromiso, y en el término marcado de los seis meses podía cobrar dicho dinero. Su madre, además, era propietaria de la casa en que vivían, y si bien la casa estaba fuertemente gravada con un censo, todavía podía producir, vendiéndola, muy cerca de los mencionados ocho mil reales.

Doña Encarnación habló antes que su marido, y dijo al oír aquellas proposiciones: