Juanita, impulsada irresistiblemente por la idea rara que había concebido, apartó con gran rapidez el pañolillo, que llevaba al pecho, prendido con alfileres, sacó sus tijeras del bolsillo del delantal y se desabrochó dos o tres corchetes del vestido. Don Paco, siempre de hinojos, la contemplaba embelesado y curioso.

Ella introdujo los dedos por bajo el vestido y desató un listoncillo de seda azul que le ceñía al pecho la limpia camisa. Tiró de él y la sacó de la jareta, calada y bordada, trabajo primoroso de su diestra mano. Cortó, por último, con las tijeras un buen pedazo del listoncillo y se lo puso a don Paco en el ojal del chaquetón, afirmándolo con una lazada.

—Yo te concedo, en atención a tus altos méritos y servicios—dijo con solemnidad—, esta bonita condecoración, que vale mil veces más que la que tiene don Andrés, y te declaro mi caballero y gran cruz de la orden de los celos disipados. Por eso es azul el listoncillo, como las flores del romero.

Don Paco se levantó sin pizca de celos, porque todo se convirtió en amor, y dijo:

—Tú me citaste una copla; no quiero ser menos; voy a citar otra, aunque tenga que llamarte en ella no por tu nombre, sino como se llama la madre de tu santo:

Las flores del romero
niña Isabel,
hoy son flores azules,
mañana serán miel.

—Y si han de ser miel mañana, ¿no es mejor que lo sean en este mismo instante?

Don Paco se acercó a Juanita para besarla.

Ella le separó con suavidad y se esquivó poniéndose muy seria y exclamando:

—Déjame. No te llegues a mí. Respétame como a tu reina y como mi caballero que eres. Las flores del romero serán miel en su día; ahora, no. Ve mañana a mi casa, a las diez y media de la noche. Allí hablaremos con mi madre. Adiós.