—Será todo lo que tú quieras; mas para mí tú eres el más inteligente, el más joven y el más guapo.

Todavía, escudado por su humildad, trató don Paco de ocultar que estaba ya satisfecho, que había depuesto su enojo y que sus recelos se habían disipado. Con menos seriedad, sonriendo y entre veras y burlas, dijo;

—Me fío de ti; conozco que hablas con el corazón. No, no piensas en engañarme; pero, sin duda, tú misma te engañas. Y para poner más a prueba la vehemencia y la firmeza del amor de Juanita, añadió luego:

—Es inverosímil que tú, si don Andrés, como parece evidente, está enamoradísimo de ti, le desdeñes y me prefieras y me ames ahora, cuando antes, que no tenías a don Andrés, era a mí a quien despreciabas. Pues qué, ¿ignoras que yo soy un pobre diablo, dependiente de él, y que él es poderoso, rico, respetado y temido aquí, estimado y favorecido por el Gobierno y caballero gran cruz con excelencia y todo?

—¿Y qué me importa a mí su excelencia? A ti y no a él debió el Gobierno dar la gran cruz, ya que todo lo bueno que se hace en este lugar eres tú quien lo hace.

Calló un momento y prosiguió con dulce risa, como quien de súbito tiene una idea que le agrada:

—Esta injusticia quiero remediarla yo; pero necesito antes que tú me proclames y me jures por tu reina. Sé mi súbdito fiel. Sométeteme. Júrame por tu reina y tu reina te premiará. Júrame.

Don Paco se sometió sin más resistencia. Se hincó de rodillas a los pies de ella y exclamó entusiasmado:

—¡Te juro!