—Ya ves mi moderación—dijo el tendero murciano al presentar a la muchacha el documento para que lo firmase—. Me limito a cobrarte sólo un veinticinco por ciento, a pesar del peligro que corro de quedarme sin mi dinero, porque, a despecho de todos tus buenos propósitos, no tengas un ochavo dentro de los seis meses y tengamos que renovar el pagaré, lo cual me traería grandísimos perjuicios.
—Ya lo creo—dijo doña Encarnación—; como que ahora andamos engolfados en negocios tan productivos, que ganamos un ciento por ciento al año. Créeme, Juanita: prestándote los ocho mil reales nos exponemos a quedarnos sin ellos, y además a perder otro veinticinco por ciento, o sea, otros dos mil reales, que hubiéramos ganado dando a los ocho mil más lucrativo empleo; pero, en fin, ¿qué se ha de hacer? Mi señor esposo pierde la chaveta cuando ve un palmito como el tuyo.
—Sea como sea—dijo Juanita—, agradezco a ustedes mucho el favor que me hacen. Y guardándose en la faltriquera el otro documento después de haberío leído y estimado que estaba bien, se despidió de los mercaderes y se fue a su casa.
XXXVI
Arrebatado yo por la corriente de los sucesos, por la importancia que les doy y por la rapidez con que quiero narrarlos, he descuidado la cronología. Está vaga y confusa y conviene fijarla un poco.
Nada más fácil. Baste decir para ello que el día de la fuga de don Paco acertó a ser Domingo de Ramos.
Como don Paco vagó todo aquel día y el siguiente, resulta que volvió a Villalegre al empezar el Martes Santo.
Son tales las preocupaciones y el embeleso de todos los habitantes de Villalegre durante aquella semana, que nadie hubiera notado ni la desaparición ni la vuelta de don Paco si no hubiera sido el personaje tan notable, tan activo y que por lo común andaba siempre en todo.