Lo que no se hubiese sabido, ni aun en tiempos normales, eran las causas de su ida y de su vuelta. Los celos siguieron sepultados en el más profundo silencio por los que los causaron y los padecieron: por don Andrés, Juanita y don Paco. Y los delitos de Antoñuelo y los medios que don Paco empleó para remediar unos y frustrar otros hubo interés en callarlos, y se logró que los callaran el tendero y su mujer, únicas personas a quienes interesaba decirlos.
Sólo se sabía que Antoñuelo había vuelto apaleado; pero, a pesar de los comentarios que se hacían, nadie atinaba con el motivo y pocos sospechaban quién había sido el autor del apaleo.
El tiempo aquel era el menos a propósito para que en Villalegre fijase el vulgo su atención en lance alguno, por extraordinario que fuese, de la vida real contemporánea. La atención general estaba embelesada y suspendida por la pasmosa representación simbólico-dramática que iba a verificarse durante cuatro días consecutivos, teniendo por actores a la mitad o quizá a más de la mitad de los hombres, y por espectadores a la otra mitad de ellos, a todas las mujeres y niños y a no pocos forasteros.
Las procesiones de Semana Santa empiezan el miércoles y terminan el sábado. Yo, pues, las he visto en mi niñez en otra población donde son muy parecidas a las de Villalegre, conservo de ellas el más poético recuerdo, por donde imagino que las personas que las censuran carecen de facultades estéticas o las tienen embotadas. Hasta la rudeza campesina de algunos accidentes presta a la representación de que hablo candoroso hechizo.
Acaso había accidentes o episodios en dicha representación en que lo sagrado y lo profano, lo serio y lo chistoso y lo trágico y lo cómico desentonaban algo. Celosos y discretos obispos han hecho sin duda muy bien en suprimir estas discordancias o salidas de tono; pero lo esencial de la representación, que consta de procesiones y pasos, sigue todavía y hubiera sido lástima suprimirlo; hubiera sido un crimen de lesa poesía popular.
A mi ver, hasta en corregir, atildar y perfeccionar lo que se hace, aunque no niego que se presta al atildamiento y a la mejora, es menester andarse con tiento. Puede ocurrir, si es lícito que yo me valga de un símil literario, lo que ocurre con un escrito en verso o prosa cuando el autor, por el prurito de acicalar el estilo, manosea, soba y marchita lo que escribió y lo deja mustio, lamido y sin espontaneidad ni gracia.
Conviene, además, para ver aquello con fruto y penetrar su hondo sentido, prescindir de refinamientos y de ideas de lujo y de exactitud indumentaria, adquiridas en ciudades más ricas y populosas. Sólo así, y reflexionándolo bien, se percibe lo sublime y lo bello de la verdad dogmática que bajo el velo del símbolo resplandece.
Menester es que no se arredre por lo áspero de la corteza el que anhele gozar del dulce alimento que para el espíritu ella cela y contiene.
La representación no se limita a ofrecer al pueblo un trasunto de la pasión y muerte de Cristo y de la redención del mundo, sino que en cierto modo abarca todo el plan divino y providencial de la Historia, como el famoso discurso de Bossuet.
Los seres humanos, sin duda, no se juzgan dignos de representar a los seres divinos, ni se creen idóneos para ello, y temen profanar la acción interviniendo en ella inmediatamente. De aquí que todos los momentos del alto misterio de la redención se figuren por medio de imágenes que se llevan en andas, y cuyos movimientos silenciosos y solemnes va explicando un predicador desde un púlpito erigido en medio de la plaza y que la muchedumbre rodea. Sólo hablan los seres humanos. Los sobrehumanos callan, salvo algunos ángeles que cantan lo que dicen.