En el momento presente de nuestra historia prevalecía en doña Inés el empeño de empujar a Juanita hacia el monjío. Preveía para ella peligros inminentes y ansiaba salvarla, aun a costa de privarse de su agradable presencia y de su dulce trato.
Se comprenderá qué clase de peligros temía la señora de Roldán si echamos una ligera ojeada retrospectiva y ponemos al lector en antecedentes.
Dios me libre de ser calumniador y de pecar de malicioso. Quizá fuesen ponzoñosas hablillas de la malvada lengua del boticario, a lo que parece, acérrimo enemigo de Serafina.
Serafina, que era también burlona y maldiciente, murmuraba, y haciendo mucha befa había referido por todas partes que la hija menor del escribano, de cuya mala salud y ruin catadura se ha dado ya cuenta, estaba prendada del boticario y le deseaba como marido, aunque sólo fuese para no ser menos que su hermana mayor, doña Nicolasa, la cual iba pronto a casarse con Pepito, el hijo del albardonero, famoso doctor en leyes. Sólo se aguardaba para celebrar la boda que el diputado sacase al novio un empleo de diez o doce mil reales que le habían pedido hacía más de un año. Doña Nicolasita estaba más impaciente que nadie; echaba mil maldiciones al diputado, decía que no servía de nada y conspiraba para que en las próximas elecciones eligiesen a otro que sacase empleos con más facilidad y prontitud.
Entre tanto, o de veras o fingiéndolo, había enfermado su hermana menor, y el boticario, que con permiso del médico visitaba también y tenía bastantes igualas, era quien asistía a la enfermita, y tenía que visitarla dos veces al día o por lo menos de diario.
Don Policarpo no se daba por entendido de la verdadera enfermedad y distaba mucho de querer aplicarle el conveniente remedio.
La iguala que tenía con el escribano era de las más cuantiosas del lugar: cada año cincuenta reales. Esto, no obstante, le parecía muy poco para pagar tanta visita, por lo cual, según Serafina, el boticario buscaba compensación recetando mucho y obligando al escribano a gastar su dinero en potingues de los que él elaboraba en su casa.
Yo me inclino a presumir que, ofendido el boticario por las burlas de Serafina sobre el mencionado negocio, divulgó contra ella lo que voy a contar como me lo han contado, sin responder de que sea verdad, exageración o mentira.
A lo que parece, don Alvaro Roldán, que andaba antes extraviadísimo, lejos de su casa, muy a menudo en otras poblaciones entregado a mil liviandades y francachelas y gastándose los dineros con doncellitas andantes que hospedaba en sus caserías, se había vuelto sedentario, casero, morigerado y mucho más económico. El pícaro del boticario colgaba a Serafina el milagro de esta conversión, y aun se atrevía a sostener que la señora doña Inés hacía la vista gorda y no se percataba de tal milagro, cuya comodidad y baratura no podía menos de celebrar en el fondo del alma.
Como quiera que fuese, la verdad es que Serafina, que jamás notó que don Andrés persiguiese a Juanita, aunque si lo hubiera notado no lo hubiera dicho, porque no le convenía decirlo, notó muy bien los atrevimientos de don Alvaro y sus persecuciones a Juanita, y enojada y temerosa de una usurpación de atribuciones, acudió a doña Inés con el soplo.