Al principio no dio doña Inés grande importancia a la acusación; pero en aquellos últimos días la renovó Serafina con tal vehemencia e insistencia, que doña Inés se puso sobre ascuas.
Se puso como se pondría apasionada jardinera si viese que un sapo u otro bicho feo y viscoso tratara de deshojar o marchitar la planta florida que más la deleitase.
Doña Inés estaba furiosa contra el sapo y llena de miedo también de que, interviniendo el diablo, que todo lo añasca, pudiese conseguir el sapo su detestable propósito. La misma inocencia de Juanita y la libertad y el abandono en que vivía, sin el arrimo y el consejo que suele prestar la prudencia de una madre, aumentaban el sobresalto de doña Inés. De aquí que ahora estuviera impaciente por consumar su sacrificio de separarse de la muchacha enviándola a un convento cuanto antes mejor.
XLI
De harto mal talante, y a fin de no faltar a la costumbre convertida ya en deber, Juanita acudió a casa de doña Inés para las lecturas y coloquios que ambas tenían a solas.
Aquella tarde no hubo lectura, a pesar de los nuevos libros devotos que doña Inés había recibido.
La agitación de la ilustre señora no le consentía leer ni tratar de nada que no estuviese en inmediata relación con el punto o que no fuese el punto mismo que la traía tan inquieta y azarada.
Lo que hizo doña Inés fue extremarse con Juanita en demostraciones de cariño. Ella misma se calificó de pastora y apellidó a Juanita inocente cordera, dándole a entender, casi con lágrimas y con entrecortados suspiros, el fundado temor que la afligía de verla entre las uñas y los dientes del lobo. Persistiendo en su metáfora pastoril, exclamó:
—Sí, hija mía; mi dolor sería inmenso si por imprevisión y descuido te dejase yo caer entre las garras de la infame bestia que anhela devorarte y viese el cándido vellón de la cordera teñido en sangre y manchado con la impura baba del monstruo. Es menester que yo te defienda y te ponga en salvo. Por mí sola no puedo vigilarte. Lo que puedo hacer, y haré, es conducirte pronto al redil, donde irás dócil y estarás segura. No acierto a encarecer, ni tú acertarás a figurarte cuan inmenso será mi sacrificio al separarme de ti, porque eres mi consuelo y mi encanto. Pero Dios quiere que nos separemos y tendré que conformarme con su voluntad.