Juanita, más sorprendida que asustada, abría mucho los ojos y no sabía qué responder ni qué pensar de todo aquello. Seguía silenciosa y sólo decía para sí:

«¿Qué monstruo será este que, según doña Inés, trata de devorarme? ¿Sabrá ella que don Andrés me persigue y me solicita, y le llamará por eso monstruo e infame bestia? Como quiera que ello sea, yo no me atrevo aún a decirle que no me da la gana de ir al redil y que fuera de él, y sin pastora ni nada, ya cuidaré que no me coma el lobo. Lo mejor, por lo pronto, es callarme y aguantar sus majaderías. El redil está lejos aún y ya tendré ocasión de sublevarme, de arrancar el cayado de manos de la pastora y hasta de sacudirle con él sí se obstina en guiarme y en disponer de mí a su antojo.»

Con esta bien meditada resolución, Juanita iba, sin embargo, agotándose. Bien podríamos asegurar que a Juanita no le quedaba ya paciencia ni para veinticuatro horas. Mucho le dolía no sacar al fin la menor ventaja de su sufrimiento y de su disimulo durante año y medio, y tener que retroceder al estado de guerra y a la situación en que después del sermón del padre Anselmo se había colocado. Por esto determinó sufrir aún y esperar hasta el siguiente día.

Después de despedirse de doña Inés a las siete de la noche para volver a su casa, Juanita se encontró en la antesala con el señor don Alvaro, el cual vino hacia ella con suma galantería, y le dijo:

—Ingrata, cruel hechizo de mi vida, ¿por qué eres tan tonta y tan terca? Quiéreme y amánsate. No sabes lo que te pierdes con no quererme.

—¿Qué he de perder yo, so peal?—contestó Juanita dándole un bufido, porque allí no había la menor razón para que ella refrenase su cólera.

Bajó las escaleras, y antes de salir a la calle se encontró en el zaguán con don Andrés, que estaba aguardándola en acecho y que intentó retenerla asiendo su cintura.

Con ligereza se escapó Juanita sin que don Andrés la tocara, y se puso en la calle de un brinco. Don Andrés la siguió.

—Déjeme en paz vuecencia—dijo ella—; no sea pesado, no sea imprudente. Mire que puede salirle mal este juego.

—¡Hola, hola! ¿Te me vienes con amenazas?