—¿Y cómo he de hacer yo ese milagro?—preguntó Juanita.
—Nada hay más fácil—contestó Rafaela—. Estamos solas y te hablaré sin rodeos. Hay un hombre, el más poderoso del lugar, que se pirra por tus pedazos. Con tu sandunga le tienes embobado, y con tu desdén le tienes frito. Todo depende de ti. Deja de ser arisca, pronuncia una sola palabra y tendrás cuanto quieras.
Disimulando su enojo con una sonrisa, dijo entonces la muchacha:
—¿Y qué palabra es esa que he de pronunciar? ¿Qué conjuro es ese que ha de poner en mis manos por arte mágico tan pasmosas riquezas? ¿Quién es el hechicero que acudirá a mi evocación y que será tan generoso conmigo?
—¿Pues quién ha de ser, niña?—contestó Rafaela al ver o al imaginar que se recibían sin enojo sus insinuaciones—, ¿Quién ha de ser sino el propio excelentísimo señor don Andrés Rubio?
—¿Y por dónde lo sabes tú? ¿Quién te encomendó que me vinieses con ese recado?
—Me lo encomendó..., nada más natural..., el confidente de don Andrés. Me lo encomendó Longino.
—Ahora lo comprendo: como Longino es tan bromista ha querido darnos una broma, porque supongo que no me tomará por Cristo ni pensará en darme la lanzada.
—Ni lanzada ni broma. Longino te mira con el mayor respeto porque eres el ídolo de su señor, y pretende con toda seriedad, que recibas a su señor en tu santuario.