—Pues mira, Rafaela—contestó Juanita—, di a Longino con toda seriedad también, que es un galopín sin vergüenza, y que él y su amo vayan a escardar cebollinos.
—No te alteres, hija; no te subas a la parra—dijo Rafaela al ver enojada a Juanita—. ¿Qué se pierde ni qué ofensa se te hace en tentar el vado?
—Mejor será que tiente usted al diablo, tía bruja. ¡Arre, fuera de aquí; móntese usted en el escobón y transponga al aquelarre!
—No es para tanto furor. Yo te lo proponía por tu bien y sin interés alguno. De desagradecidos está el infierno lleno.
Rafaela se fue a la cocina refunfuñando.
Juana volvió poco después de casa del cacique.
Juanita siguió guardando silencio, sin decirle nada de lo ocurrido.
Aquella noche estuvo Juanita inquieta y desvelada. Su orgullo, en su sentir humillado, le hería el corazón y no le dejaba dormir. ¿Conque no podría ella, por sí misma y libre, hacerse respetar? ¿Sería menester acudir a don Paco para que la defendiera, comprometiéndose? ¿Tendría razón doña Inés en aconsejarle que fuese monja? ¿Eran tan viles sus antecedentes que no podría ella ser estimada y acatada sino bajo la protección y tutela de un hombre generoso que le tendiese la mano y la sacase del fango en que al parecer había vivido?
Estas y otras semejantes reflexiones atormentaban horriblemente a la muchacha y espoleaban su soberbia.
Triste y ojerosa se levantó apenas fue de día.