—Diga usted a su amo que le aguardo esta noche en mí casa, a las ocho en punto. Rafaela abrirá la puerta. Yo estaré sola en la sala alta.
XLII
Don Paco pasó varias veces aquel día por la puerta de la casa de Juanita, pero no se atrevió a entrar en ella antes de la hora convenida.
Aunque Juanita le vio no quiso llamarle ni hablarle, tal vez por temor de revelar involuntariamente cosas que quería tener calladas.
Hasta las cuatro de la tarde estuvo sin salir de casa, cosiendo con la mayor tranquilidad.
Entonces llamó a Rafaela y le dijo:
—Oye, Rafaela: he mudado de opinión. Tus razones me han convencido. Esta noche recibiré al señor don Andrés. Ya está avisado, y creo que no faltará. Estáte a la mira tú; ábrele, si es posible, antes que llame, y dile que suba a la sala alta, donde yo le aguardo. Tú no subirás ni acudirás, suceda lo que suceda. Hasta que no vuelva mi madre ha de parecer como si no hubiese nadie en esta casa, sino yo y el señor Andrés. ¿Me has comprendido?
—Te he comprendido, y haré como lo dices—contestó Rafaela.