En seguida se marchó Juanita a pasar la tarde con doña Inés, según tenía por costumbre.
Con gran devoción y serenidad leyó a su madrina no pocas devociones y rezos propios de la Semana Santa, en que estaban.
Quiso en seguida doña Inés preparar y adoctrinar a Juanita para el monjío, y echando mano a las obras del padre maestro Juan de Avila, a que ella era muy aficionada, le leyó, con comentarios y anotaciones de su cosecha, párrafos y aun capítulos enteros del muy edificante tratado que el mencionado padre escribió para una monja, explanando profusamente aquellas palabras del santo rey David, que dicen: «Oye, hija, e inclina tu oreja y olvida tu pueblo y la casa de tu madre—aquí ponía doña Inés madre en vez de padre, para que viniese mejor a cuento—, y codiciará el rey tu hermosura.» Claro está que este rey era Cristo con quien quería doña Inés que Juanita se desposase.
En extremo alabó y ponderó doña Inés los elevados pensamientos de Juanita; pero añadió que, a pesar de esos pensamientos elevados, podían brotar en su alma imaginaciones feas, de cuyas importunidades y peligros debía defenderse.
El engreimiento y la soberbia son muy malos, enojan mucho al Cielo y tal vez hacen que el Cielo, para castigarnos, para humillarnos o para probarnos mejor, permita que los enemigos del alma le den feroces ataques en la parte baja, mientras que su porción elevadísima se cree punto menos que glorificada y en íntimos coloquios y en unión estrecha con lo divino. Así Moisés, para ejemplo de esto, se hallaba en la cumbre del Sinaí conversando con el Altísimo, y la plebe, entre tanto, se le alborotó allá abajo, y se puso a adorar los ídolos y se entregó a liviandades y torpezas. En vista de lo cual doña Inés aconsejó a Juanita que desconfiase de sus bríos y que no se juzgase muy aprovechada y segura de su poder sobre la plebe sediciosa ni muy adelantada en el camino de la perfección, pues aunque siguiese el camino, bien podían estar emboscados cerca de él y salirle al encuentro ladrones, que intentasen robarle la joya de la castidad. Para la custodia de esta joya, tanto más que la fortaleza, importan la modestia y el constante cuidado.
Conviene no desechar el temor de perderla, y conviene huir del peligro, porque quien ama el peligro en él perece.
Como doña Inés era muy elocuente, y los puntos susodichos se prestan a variadas amplificaciones, el discurso de doña Inés, interrumpido a trechos por Juanita, más que para acortarlo para avivarlo, duró hasta después de las siete, que era lo que Juanita deseaba.
Cercana ya la hora en que había citado a don Andrés, Juanita consideró indispensable hacer a su amiga gravísimas revelaciones.
—He oído con la debida atención—dijo la muchacha—todo lo que acabas de decirme, y te confieso que estoy atribulada y amedrentada.
—¿Y cuál es la causa, hija mía, de tu tribulación y de tu susto?