—Pues..., fuera vergüenza...; a ti, que eres mi guía, debo confesarlo todo. Tus consejos y advertencias de hoy vienen ya tarde. El engreimiento y la soberbia se han apoderado de mí y me han hecho pecar acaso mortalmente.
—¿Y cómo es eso?—interrumpió doña Inés, sorprendida y sobresaltada.
—Te diré la verdad—contestó Juanita—. Yo no he querido huir del peligro, sino buscarlo y arrostrarlo para triunfar de él. No he querido siquiera considerarlo peligro y lo he despreciado. Es más la necia y constante amenaza me ha hecho perder la paciencia, y yo misma, para acabar de una vez, he emplazado, citado y llamado a singular combate al enemigo, que me tiene ya frita y harta de oír sus bravatas y provocaciones.
—No te entiendo, explícate bien. ¿De qué bravatas hablas? ¿Quién es el enemigo que te provoca?
—Es el enemigo un caballero principal, tan audaz como rico, el cual entiende que no debe haber obstáculo que se le oponga ni voluntad que se resista.
Muy poética y elevada idea daban las palabras de la muchacha del caballero su enemigo; pero doña Inés supuso que la elevación y la poesía eran obra de la imaginación de la muchacha, y despojando el concepto de las mencionadas cualidades, pensó reconocer en él, sin la menor duda, a su marido, don Alvaro, de cuyas pretensiones estaba ya informada por Serafina y de cuyos atrevimientos andaba recelosa. Por algo a modo de pudor no excitó a Juanita a que pronunciase el nombre del atrevido. Ella creía saberlo sin que Juanita lo pronunciara.
Inquieta doña Inés, procuró investigar lo que más le importaba y dijo:
—Pero ¿qué cita es esa a que aludes? ¿A qué duelo, a qué singular combate te preparas?
—Haré un esfuerzo—replicó la muchacha—; todo, todo lo sabrás, aunque me condenes por audaz o me tengas por loca. El hombre de que te he hablado me asedia, me acosa y viene a mí en la calle, en la iglesia y en tu misma casa y me hace las más insolentes proposiciones. Espera deslumbrarme y seducirme y que le rinda mi albedrío. La fatuidad con que él presume y se jacta de lograr todo esto, me ha humillado, me ha vejado y me ha ofendido. Quiero vengarme y me vengaré. Quiero desengañar a ese hombre y le desengañaré con el más duro desengaño. Por sí mismo y por medio de viles terceros se obstina en que yo le reciba a solas en mi casa, y me pide una cita. Cansada yo de negársela, sin conseguir que desista, que me respete, que forme de mí la opinión que debe y que me trate como se trata a una mujer honrada, he accedido a la cita para que venga y vea y sepa quién soy, y para tratarle como merece.
—¡Animas benditas!—exclamó doña Inés, poniéndose las manos en la cabeza—. Tú no sabes lo que has hecho. Eso es aventuradísimo. Aunque sepas resistir, aunque no caigas en la tentación ni peques, ¿no ves que te expones a echar tu reputación por los suelos y a que ese malvado seductor te venza, y si no te vence se vengue de ti deshonrándote y suponiendo que logró lo que deseaba? ¿No adviertes cuan indecoroso es para una doncella conceder esas citas, aun cuando sea con el fin de quedar en ellas triunfante? ¿Qué horrores no estará él pensando de ti desde el momento en que le concediste la cita? Es indispensable que le envíes a decir que te arrepientes y que la cita ya no tendrá lugar.