XLIII
Juanita no se arrepentía nunca de lo que había hecho, después de haberlo reflexionado bien o mal; pero si su voluntad era firme y hasta terca, su entendimiento vacilaba y cambiaba a menudo, porque, sucesivamente cuando no al mismo tiempo, veía el pro y el contra de todas las cosas.
Al hallarse en presencia de don Andrés le asaltaron dudas y sintió algo como remordimiento.
«¿Hasta qué punto—pensó—me puedo permitir la burla que quiero hacer a este hombre, y hasta qué punto se la tiene merecida? ¿He sido suficientemente acosada para llegar a este extremo?»
Como si ella misma se contestase, y sin dar tiempo a que don Andrés dijese palabra, Juanita habló de esta suerte:—Perdone vuecencia, señor don Andrés, si le he atraído a mi casa con algo que puede calificarse de engaño. Me pidió vuecencia una cita amorosa, y yo se la he concedido....
—Pues entonces—dijo don Andrés—no es mi perdón, sino infinitas gracias lo que tengo que darte.
—Así sería—dijo la muchacha—si yo, desmintiendo la lealtad de mi carácter, no hubiese en esta ocasión engañado a vuecencia.
Don Andrés era un hombre de mucha calma y de bastante mundo. Presumió que la muchacha quería hacerse valer, ir cediendo poco a poco y no declararse, desde luego, vencida. Tomó, pues, una silla y se sentó con mucho reposo, apercibiéndose a oír lo que la muchacha dijese y hasta a contestarle discutiendo tranquilamente con ella. Aunque la discusión y el coloquio durasen media hora, serían el andante de un dúo y harían más vivo y más grato el allegro que vendría después.
Echados estos cálculos y ajustando a ellos su conducta, don Andrés dijo: