Dicho esto, salió Juanita de la alcoba y dejó en ella a doña Inés como presa, cerrando de súbito la puerta y echando por fuera la llave.

—¿Qué haces?—exclamó doña Inés—. ¿Qué necedad es la tuya? ¿Por qué me encierras?

Juanita contestó riendo:

—Te encierro para estar segura de tu neutralidad. No te quiero por aliada, sino por testigo. Cállate y mira.

Doña Inés, bastante enojada, replicó todavía:

—Abreme. ¿Tendré que arrepentirme de haberme fiado de ti? ¿Qué burlas son estas?

—Perdóname, perdóname—dijo Juanita con voz suplicante y dulce—. Tú eres mí madrina, mi protectora y yo no quiero ni debo burlarme de ti. No dudes que conviene lo que hago. Cállate, por Dios. Ten paciencia. Mira y observa sin hablar. Cállate. Oigo ruido. Nuestro hombre ha entrado en casa. Ya sube por la escalera. ¡Chitón! Si él sospecha que hay alguien aquí, darás un escándalo y harás una tontería.

Doña Inés se resignó y se calló.

Pocos segundos después entró don Andrés Rubio en la sala.