—Sí..., pero explícate...; no me hagas ir a ciegas...; explícate....
—Se va a pasar la hora. Urge ir a mi casa. No hay tiempo para darte explicaciones, ni tú las necesitas. Ea, despáchate. Toma un mantón, échalo bien a la cara para que no te la vean. La gente anda embelesada con la procesión, que probablemente termina en este momento, y no reparará ni en ti ni en mí.
Y hablando de esta suerte, la misma Juanita buscó un mantón, se lo puso a doña Inés en la cabeza y, llevándola por delante de sí, la empujó y la hizo andar.
Dominada doña Inés por aquella imperiosa criatura, se dejó llevar por ella.
Ambas llegaron a casa de Juanita. Esta, para que Rafaela no viese que entraba en su casa acompañada de otra persona, abrió la puerta con la llave que tenía en el bolsillo.
Las dos mujeres, calladas y de puntillas, subieron a la sala alta.
Faltaban ya pocos minutos para dar las ocho.
La alcoba en que dormía Juanita no tenía más luz que la que entraba por un ventanillo redondo, abierto sobre la puerta de la alcoba que daba salida a la sala. En esta, y no en la alcoba, donde no había espacio bastante, se lavaba, se peinaba y se vestía Juanita todas las mañanas. En la alcoba apenas había más muebles que la cama, una mesita de noche, un armario para vestidos y tres sillas.
Juanita llevó a doña Inés a la alcoba.
—Tú, subida en una silla, verás por ese ventanuco todo lo que pase. Acaso no tengas poco de qué admirarte y de qué reírte.