—Ya lo verás, si quieres—contestó Juanita—. Todo lo tengo pensado; mas no has de saberlo como no lo veas.

—¿Y cómo? ¿Y dónde?

—Ven conmigo a mi casa. Sólo faltan algunos minutos para que llegue la hora de la cita. Con tu presencia me infundirás valor.

—Eso ya es otra cosa—respondió doña Inés.

Doña Inés pensó, sin duda, en el rato de gusto que iba a tener contribuyendo a chasquear a don Alvaro, que acudiría muy ufano a la cita y se encontraría en ella a su austera consorte.

En efecto, si el lance pasaba así, más que tragedia sería sainete.

Doña Inés perdió el miedo y sintió la irresistible tentación de ver el sainete y aun de hacer en él uno de los principales papeles.

—Está bien, Juanita—dijo—. Iré en tu compañía y te prestaré mi auxilio. Muy fina prueba de mi amistad te daré con esto, porque yo también puedo comprometerme.

—Entendámonos—repuso Juanita—. Yo no quiero tu auxilio. ¿Qué mérito tendría entonces mi victoria? Tú no te comprometerás, porque te quedarás escondida y nadie sabrá que has estado en mi casa. Y tampoco te expondrás a ningún percance, porque verás los toros desde el andamio.