—Yo no voy a sostener ahora que he procedido contra vuecencia con motivo bastante. Lo que digo es que estaba, y aún estoy, fuera de mí. Nada me importaría que me considerasen con la obligación de no vestirme ni de seda, ni de lana, ni de algodón siquiera, sino de esparto. Lo que me importa es que me respeten. ¿Qué segundo pecado original es el mío, que no hay bautismo que lave? ¿Qué mancha indeleble ha caído sobre mí que no hay nada que limpie? ¿Qué vicio innato hay en mi sangre del que yo no puedo purificarla? ¿Por qué se supone tal mi flaqueza que necesite yo refugiarme en un convento para resistir las seducciones y los peligros del mundo? Crea vuecencia, señor don Andrés, que, aunque yo tuviera vocación de monja, la perdería si imaginase que era para huir de peligros que desprecio y que me siento capaz de arrostrar con el mayor denuedo.

Don Andrés se sonrió, halló graciosa y algo disparatada a Juanita al oírla quejarse y lamentarse de aquel modo, y le dijo con dulzura:

—Pero, hija mía, con todo eso que dices sólo me pruebas que estás quejosa de doña Inés. Quéjate enhorabuena y no me hagas a mí responsable. Ni yo quiero que te metas monja, sino todo lo contrario, ni por más que miro alrededor de ti descubro los peligros que te cercan. Yo no deseo que te vengues de doña Inés ni de nadie; pero, en todo caso, de ella y no de mí tendrás razón para vengarte. Y perdona, además, que sea franco contigo y que te acuse de un pecado constante y aun prolijo en ti: tu hipocresía tenaz. Ha tiempo que debiste tener el valor de no fingirte mística y devota, si no lo eras, y de decírselo a doña Inés y no seguir engañándola. En tu franqueza pudo haber peligro, aunque tú lo exagerabas; pero ya que te jactas de valiente, debiste hacer cara a ese peligro sin apartarlo de ti por medio de una falsía.

Juanita se mordió los labios, se compungió un poco y empezó a sospechar que, en vez de dar una lección, era ella quien iba a recibirla. Pronto, no obstante, se repuso. La misma dureza de la acusación le hizo ver más clara su injusticia.

Juanita no había tomado asiento como don Andrés. En pie se agitaba, hablaba e iba de un lado a otro.

Parándose y encarándose con don Andrés, le dijo:

—¡Cuán injustamente me acusa vuecencia de hipócrita y de falsa! ¿Qué había de hacer yo? La aprobación y el aplauso que vuecencia dice que me daba eran tan ocultos como inútiles; eran la carabina de Ambrosio. La reprobación general cayó sobre mí y sobre mi madre, y vuecencia no protestó ni volvió por nosotras. Se supuso que yo era una perdida. Huyó la gente de mí para evitar el contagio, como si yo tuviera la peste. Hasta ese desventurado de Antoñuelo me insultó y me abandonó. Sólo don Paco fue constante en amarme y en respetarme. Pero, repito, ¿qué había yo de hacer? Si yo apreciaba todo el valer de don Paco, aún no le amaba de amor. ¿Podía yo abusar entonces de su caballerosidad y tomarle por marido y por escudo, arrastrándole conmigo al basurero en que todos los del lugar me habían echado? Si yo fuese en realidad una perdida o tuviese inclinación a serlo, ¿me cree vuecencia tan estúpida que ignore lo que valdría y lo que alcanzaría si a tal oficio me dedicase? Al verme en aquel humillante aislamiento por haber querido lucir entre patanes la gallardía de mi persona, en vez de quedarme aquí y de ser hipócrita y falsa, como vuecencia dice, me hubiera ido a Madrid, a Barcelona, quién sabe si a París, donde se entiende lo que es hermoso y elegante y se paga bien cuando se pone a la venta, y hace tiempo que viviría yo en un palacio y andaría en coche y gastaría en una semana más de lo que vale todo el caudal de vuecencia bien dividido. Pues ¿qué ventaja he sacado yo de la hipocresía de que vuecencia me acusa? Vivir con más apuros y con más miseria que antes, emplear mí tiempo en oír discursos de doña Inés y en leer con ella libros devotos y no haber logrado hasta ahora con todo ello sino la amistad de doña Inés, que yo apreciaría infinito si ella me la diese incondicionalmente y sin sujetarme a sus tiránicos caprichos. También he logrado con mi hipocresía llamar hacia mí la tardía atención de vuecencia, que ahora, y no antes, me aprueba y me aplaude, pero de un modo según el cual no quiero yo ser aprobada ni aplaudida.

—Juanita—dijo don Andrés—, yo no he venido aquí a disputar contigo. Tendrás razón en estar quejosa de todo el género humano, pero de mí debes estar menos quejosa que de nadie.

Mi pecado, si lo hubo, fue de tardanza. No volví por ti a tiempo; ahora estoy dispuesto a enmendarme; pero quiéreme. ¿No gustas tú de que te respeten? Pues yo también gusto de ser respetado. No debo sufrir que de mí hagas tu juguete.