—Yo soy una chica de tan buen humor, que, por fortuna, huyo de lo trágico y todo lo tomo a risa. Y más vale así, porque mis compatricios me han desesperado tanto, que si yo lo hubiese tomado más por lo serio, hubiera sido cosa de armarme de una caja de fósforos y de una lata de petróleo y de pegar fuego al lugar. Conque así, mejor es que yo tome a vuecencia por juguete que no me le pegue fuego.

—Prefiero el fuego a la burla que ahora quieres hacer de mí.

—Cuánto yerra al decir eso el señor don Andrés—dijo Juanita casi cariñosamente—. ¿Por qué ha de tenerse por burlado un hombre de noble corazón, si en vez de lograr los fáciles favores y de gozar de las compradas caricias de una mujer sin vergüenza, se halla con una mujer digna y honrada que anhela merecer y obtener su estimación, que le brinda con su más fervorosa amistad y que le tiende confiadamente las manos?

Al hablar así con verdadera efusión, Juanita tendió, en efecto, las manos a don Andrés. Don Andrés las tomó entre las suyas.

Juanita apareció entonces tan confiada y tan hermosa a los ojos del cacique, que este le dijo:

—¿Por qué tu amistad solamente? ¿Por qué no tu amor? Ambos somos libres. Amándonos no tendremos que engañar a nadie. No tendremos que disimular ni que ocultar nuestro amor como un delito, como un robo.

—Eso no puede ser; yo no amo a vuecencia de amor—contestó Juanita—. Yo amo de amor a otro hombre—y desprendió sus manos de las de don Andrés, que aún las retenía.

Durante todo este coloquio, doña Inés miraba por la claraboya, y a menudo sentía la comenzón de tomar parte en él, hablando desde allí; pero el temor de lo ridículo enfrenaba su lengua.


XLIV