Entre tanto, y todo esto fue en menos tiempo que el que yo empleo en decirlo, la mencionada mano libre se hizo atrevida; pero contra todo atrevimiento son valladar y estorbo los bríos del alma, y estos valieron bien a la gallarda vencedora.

Al sentir el insolente contacto, el rubor tino sus mejillas; brillaron como ascuas sus ojos, la ira trocó en espantosa su linda cara.

Aterrorizaba doña Inés, sacó la cabeza fuera del ventanuco y empezó a gritar; pero nadie podía oírla, y menos aún don Andrés, que no estaba para oír ni ver cosa alguna.

Juanita le apretaba el cuello con ambas manos, haciéndole sacar tres pulgadas de lengua fuera de la boca, como perro jadeante.

Harto le pesaba tener que matarle. No había previsto Juanita que pudiese llegar a aquel extremo; pero, puesta en él, estaba resuelta a todo por más que le pesase.

Apeando a don Andrés el ya inoportuno tratamiento de vuecencia, le dijo:

—¡Ríndete, o mueres!

Nada contestó don Andrés, porque no podía contestar. Lo que hizo fue retirar la diestra atrevida.

Aflojó entonces Juanita el dogal que tenía echado al cuello del cacique, y le dijo:

—¿Te rindes a discreción? ¿Te declaras vencido?