—Me declaro vencido; haz de mí lo que quieras.
—¿Aprobarás y aplaudirás ahora que yo me case con don Paco, y serás en la boda su padrino?
—Aprobaré, aplaudiré y seré padrino en la boda.
—¿Serás, además, constante y bondadoso amigo mío, sin guardarme rencor y pagándome como debes la amistad pura que yo te profeso y la estimación con que te miro?
—Seré tu mejor amigo, como lo mereces.
Juanita, entonces, se levantó de un brinco, dejando libre a don Andrés, que se levantó también, algo maltrecho, mohíno y humillado por la derrota.
Trocada así en piedad la cólera, Juanita hizo esfuerzos de imaginación, y entre cándida y maliciosa inventó desatinos para disimular o explicar su triunfo.
—No te aflijas—dijo—. Lo que te pasa le hubiera pasado a un jayán: al propio Goliat. No soy yo quien te ha vencido, sino el demonio que ahogaba a los impuros novios o amantes de la que fue luego mujer de Tobías, a fin de guardarla entera para él. Sin duda, don Paco, que es muy devoto de San Rafael, Patrono de Córdoba, halló al tal demonio en el desierto en que ha estado, y con el auxilio del arcángel le desató y le envió a esta casa para que me defendiese. Por él estuviste poco ha, y volverías a estar si de nuevo te desmandaras, muy a punto de morir ahorcado como un zorzal entre mis dedos, convertidos en percha. Pero no pienses más en eso. ¡Qué lástima si hubiera dado yo, sin querer, un día de luto a la ya entonces mal llamada Villalegre! Ahora no debemos pensar sino en el gran placer que hay en renovar amistades después de una brava batalla. Aquí no ha habido ni vencido ni vencedor. Digamos ambos a la vez, tú a mí y yo a ti:
Valiente eres, capitán,
y cortés como valiente;
con tu espada y con tu trato
me has cautivado dos veces.
Tú eres mi cautivo y yo quiero ser tu cautiva; es decir, más amiga tuya que antes.