Y tocando con sus manos en los hombros de cuantos había en el corro, sin excluir al cura, que la miraba complacido, Juanita fue diciendo:
—Ni con este, ni con este, ni con este.
Al llegar a don Paco, que dejó Juanita para lo último, dijo: «Sino con este», y le dio un abrazo muy apretado.
Don Paco la tomó por la cintura, la chilló, la aupó y la levantó a pulso dos o tres veces en el aire.
Todos aplaudieron y gritaron:
—¡Que vivan los novios!
Anunciada ya la boda para lo más pronto posible, los futuros esposos fueron felicitados.
El padre Anselmo, viendo que don Andrés y los señores de Roldán hacían regalos muy lucidos, no quiso ser menos, hasta donde sus recursos lo consintieran. Y con el fin de que su regalo tuviese el significado de retractación y palinodia, prometió hacer venir de Madrid un lujoso corte para un vestido de seda.
El maestro don Pascual estaba harto mal de dinero, pero tenía buenos libros, y quiso dar inmediatamente, para regalo, a Juanita algunos tomos de la Biblioteca de Ribadeneyra, entre ellos El Romancero general y las Comedias Tirso, a cuyas heroínas era Juanita muy semejante por lo desenfadada y traviesa.
Don Ramón, que traía en cartera el pagaré para que Juana lo refrendase y pusiese en él su visto bueno, en vez de dar o prometer, recibió, por lo pronto, las veinticinco onzas peluconas, o sean los ocho mil reales. Pero don Ramón se sintió estimulado a competir y hasta a vencer su generosidad a los otros. Dijo al oído a su mujer el prurito que sentía de ser generoso y doña Encarnación tuvo que dominarse para no arañarle. La generosidad triunfó, a pesar de todo, en el corazón del tendero murciano.