—Juanita—dijo—, yo te doy dos mil reales para que te merques un hermoso brazalete de oro, diamantes y perlas.
Al hablar así, don Ramón devolvió a Juanita el pagaré que ella había firmado. En seguida añadió:
—Según el pagaré, tú me eres deudora de diez mil reales, y como me has dado ocho mil, me debes dos mil aún. Yo te los perdono.
La generosidad de don Ramón fue solemnizada por toda la concurrencia con los más ruidosos aplausos.
Veinte días después de lo que acabamos de contar se celebraron las bodas de Juanita y don Paco.
Los mozos del lugar no prescindieron de la cencerrada que debía darse a don Paco como viudo.
El y Juanita la oyeron cómoda y alegremente desde la casa y alcoba de don Paco, donde Juanita estaba ya, sin que hasta la una de la noche los molestase el desvelo que podía causar aquel ruido. Cesó este al fin, convirtiéndose en vivas y aclamaciones, merced a la simpatía que inspiraban los novios y a una arroba de vino generoso y a bastantes hornazos y bollos que el alguacil y su mujer repartieron entre los tocadores de los cencerros.
Así don Paco se durmió al fin con reposo y merced al silencio, y también se durmió Juanita, a la vera suya, como mansa cordera y no como fiera leona; suave y graciosa como Jerusalén y no terrible como un escuadrón de Caballería.