Y cada «ta», por el tono con que don Alvaro lo suelta, parece un centón de blasfemia y una letanía de maldiciones.
Doña Inés suele acudir entonces, y dice:
—¿Por qué chillas tanto, diantre de hombre? Lo que tú padeces nada vale en comparación de la hiel y vinagre que dieron a Cristo. ¿Piensas tú que chilló nunca Job en el muladar tanto como tú chillas ahora? ¡Sufre y ganarás el cielo!
—¡Ta, ta, ta, ta, ta!—dice don Alvaro, algo resignado. Doña Inés suele también moverse a compasión y dice a Calvete:
—¡Muchacho!, haz alguna de tus chuscadas para que el señor se distraiga y regocije.
Y contesta Calvete:
—Pues si las hago a manta y el señor rabia y chilla más. Como está tan jaquecoso....
Y exclama don Alvaro:
—¡Ta, ta, ta, ta, ta!